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Más de 10 años de poesía en la red

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Toquitos Auden

Auden es un autor que, a medida que leo textos suyos y sobre él mejor me cae, aunque como poeta no me acabe de llenar. Mi Auden favorito es el ensayista agudo, con esa educada socarronería tan británica para disparar cargas de profundidad que remueven las aguas de los consensos, incluso de aquellos que no se consideran tales.

Durante este curso he escrito algunas entradas sobre el “ecosistema poético”, sus costumbres y los cambios que el advenimiento de la sociedad red está provocando en esa pequeña comunidad (pueblo pequeño, infierno grande, dijo alguien) en la que tan bien nos llevamos. Dejo aquí los enlaces a esas entradas, en el orden en que fueron publicadas. Encontrarán repeticiones e, incluso, alguna contradicción o debilidad, me temo. Esas cosas que suceden, de alguna manera inevitable, en la confrontación de la escritura de un blog con los estímulos que se va recibiendo a diario, y con los que se mantiene, de algún modo, una conversación a veces un tanto informal.

Y he pensado que como cierre del ciclo que podría tal vez titular “La obsesión por la presencia”, nada mejor que algunos toques del Sr. Auden, que hace ya un montón de años, en su ensayo “El poeta y la ciudad”, dejo muchas de las debilidades de la poesía en las sociedades modernas de las que proceden las postmodernas nuestras, bastante bien diagnosticadas. Aunque hagamos como que no nos enteramos.

Aquí las entradas que antes dije:

La obsesión por la presencia.
Canon contemporaneo, el juego de estrategia.
Travesías un tanto malhumoradas.
Poesía resiliente.

y aquí, los toques que nos da el Sr. Auden, en El Poeta y la ciudad:

Sorprende en cambio que un porcentaje tan alto de los que no tienen talento especial para ninguna profesión elijan la escritura como una salida. Es lícito imaginar que algunos de ellos podrían considerarse talentosos para la medicina, la ingeniería y cosas por el estilo, pero no es así. En nuestra época, si un joven carece de talento lo más probable es que ya esté considerando que desea escribir. (Existen, sin duda, muchas personas sin talento para la actuación que sueñan con ser estrellas de cine, pero al menos han recibido de la naturaleza una silueta y un rostro bellos).

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Hasta hace muy poco, un hombre se enorgullecía de no tener que ganarse la vida y se avergonzaba de tener que hacerlo. Pero hoy, ¿existe acaso la persona que, solicitando un pasaporte, se atreva a presentarse como gentleman, aunque sea verdad que tiene algunas rentas y ningún trabajo? Hoy la pregunta “¿A qué se dedica usted?” significa “¿Cómo se gana usted la vida?” En mi pasaporte aparezco como “Escritor”; esto no me causa molestias con las autoridades porque los funcionarios de inmigración y aduanas saben que cierto tipo de escritores hacen mucho dinero. Pero si un desconocido me pregunta en el tren mi ocupación, jamás respondo “escritor”, por temor a que continúe preguntándome sobre la naturaleza de lo que escribo. Responderle “poeta” nos incomodaría a ambos, y ya que sabemos que nadie puede ganarse la vida escribiendo únicamente poesía. (Hasta ahora la mejor respuesta que encontré, conveniente porque mata la curiosidad, es historiador medieval).

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las llamadas “bellas artes” han pedido la utilidad social que alguna vez tuvieron. Luego de la invención de la imprenta y la alfabetización masiva, el verso perdió su utilidad mnemotécnica, su naturaleza de mecanismo transmisor del conocimiento y la cultura de una generación a la siguiente; y desde la invención de la cámara fotográfica, el dibujante y el pintor ya no son necesarios para la documentación visual. En consecuencia, se han convertido en artes “puras”, es decir en actividades gratuitas. En segundo lugar, en una sociedad regida por los valores de trabajo (y es posible que la Norteamérica capitalista respete más esos valores que la Rusia comunista) lo gratuito ya no es considerado sagrado —como lo fue en anteriores culturas—, ya que para el Hombre Trabajador el ocio no es sagrado sino una pausa en el trabajo, un instante para el descanso y los placeres del consumo. Cuando una sociedad como la nuestra piensa en lo gratuito, lo hace con sospecha (los artistas no trabajan, por lo tanto es muy probable que sean parásitos ociosos) o, en el mejor de los casos, lo considera trivial: escribir poemas o pintar cuadros son inofensivos pasatiempos privados.

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Las nociones del art engagé y del arte como propaganda son prolongaciones de esa herejía, y cuando los poetas sucumben a ella me temo que es menos por conciencia social que por vanidad: sienten nostalgia de un pasado donde los poetas tenían estatus público. La herejía opuesta es otorgar a lo gratuito una utilidad mágica en sí misma, de donde el poeta pasa a considerarse un dios que crea su universo subjetivo de la nada; para él el universo material visible es nada.

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En toda sociedad las posibilidades de educación son limitadas, y privilegian aquellas actividades consideradas importantes por dicha sociedad. En la cultura como la de Gales durante el medioevo, que consideraba a los poetas socialmente importantes, un aspirante a poeta era sistemáticamente entrenado (como en nuestra cultura un aspirante a dentista) y elevado al rango de poeta después de obtener altas calificaciones profesionales.

En nuestra cultura, un aspirante a poeta debe educarse solo. Es posible que pueda pagarse colegios y universidades de primer nivel, pero esos lugares sólo pueden contribuir accidentalmente y de manera asistemática a su educación poética. Eso tiene sus desventajas. Buena parte de la poesía contemporánea, incluso alguna de la mejor, muestra por momentos la incertidumbre del gusto, el desequilibrio y el narcisismo de los autodidactas.

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Un poeta no se debe formar únicamente como poeta, también debe pensar cómo se ganará la vida. Lo ideal es un trabajo que no exija ninguna manipulación de palabras. Hubo una época donde los niños que se preparaban para ser rabinos también aprendían un oficio artesanal; de la misma manera, si los padres supieran que el niño se convertirá en poeta, lo mejor sería inscribirlo en una Sociedad de Artesanos. Lamentablemente no es posible saberlo de antemano, y con escasas excepciones, a la edad de veintiún años el aspirante a poeta no está calificado para ningún trabajo extra literario que no sea “mano de obra no calificada”. Para ganarse la vida, el joven poeta debe elegir entre ser traductor, profesor, periodista cultural o redactor publicitario. De estos trabajos, todos excepto el primero pueden resultar directamente nocivos para su poesía; y la traducción tampoco lo libra de una vida excesivamente literaria.

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Hasta la Revolución Industrial la forma de vida de los hombres cambiaba tan lentamente que cualquiera podía pensar en sus bisnietos e imaginarlos como personas que compartirían sus mismas necesidades y satisfacciones. La tecnología, con su transformaciones cada vez más aceleradas, nos ha clausurado la posibilidad de imaginar cómo serán las cosas dentro de veinte años.

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El artista, en consecuencia, ya no cuenta siquiera con la seguridad de que su producción pueda ser disfrutada o comprendida por la generación siguiente. No puede evitar el deseo de un éxito inmediato, con todos los peligros que esto implica para su integridad.

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Para los griegos el ámbito privado era la esfera vital gobernada por la necesidad de sostener la vida, y el ámbito público la esfera de la libertad, donde un hombre podía revelarse ante los otros. Hoy el significado de los términos privado y público se ha invertido. La vida pública es la vida necesariamente impersonal, el lugar donde el hombre cumple su función social, y es en la vida privada donde puede manifestar su libertad personal.

En consecuencia el arte, especialmente la literatura, ha perdido su principal y tradicional sujeto: el hombre de acción, el generador de acontecimientos públicos.

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El público no es una nación ni una generación, ni una comunidad, ni una sociedad, ni los hombres particulares que la conforman, ya que ellos sólo son lo que son a través de lo concreto. Ninguna persona que pertenezca al público se compromete verdaderamente; durante unas cuantas horas al día, quizás, pertenece al público; en los momentos en que no es otra cosa, ya que cuando realmente es lo que es no forma ya parte del público. Conformado por individuos en el momento en que son nada, el público es como algo gigantesco, un vacío abstracto y desierto que es todo y nada.

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Un hombre tiene un olor personal característico que su esposa, sus hijos y su perro pueden reconocer. Una multitud tiene un mal olor generalizado. El público es inodoro.

Las masas son activas; destrozan, matan y se sacrifican. El público es pasivo, o a lo sumo curioso. No asesina ni se sacrifica. Mira, o aparta la vista, mientras las masas golpean a un negro o la policía lleva judíos a la cámara de gas.

El público es el menos exclusivo de los clubes. Cualquiera, rico o pobre, educado o analfabeto, amable o desagradable, puede asociarse. Incluso tolera una pseudo-rebelión contra sí mismo, es decir la formación de elites públicas en su seno.

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El estilo característico de la poesía “moderna” es un tono íntimo, el de una persona dirigiéndose a otra, no a un gran auditorio; un poeta contemporáneo que eleve su voz sonará falso. Y su héroe característico no es el “Gran Hombre” ni el rebelde romántico, que producen hechos extraordinarios, sino el hombre o la mujer que, en cualquier actividad y a pesar de las presiones impersonales de la sociedad actual, logra adquirir y conservar un rostro propio.

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El poeta no puede entender la función del dinero en las sociedades modernas, porque para él no existe relación alguna entre valor subjetivo y valor de mercado. Puede recibir diez libras por un poema que considera excelente y le llevó meses escribir, y aceptar cien libras por un texto periodístico que sólo le costó un día de trabajo. Si se trata de un poeta exitoso —aunque pocos poetas ganan suficiente dinero como para ser llamados exitosos, en el sentido en que puede serlo un novelista o un dramaturgo— estamos frente a un integrante de la escuela de Manchester, que opina a favor del absoluto laisser-faire. Si no tiene éxito, sino amarguras, es probable que combine fantasías agresivas sobre la aniquilación del orden presente con ensueños poco prácticos sobre la Utopía. La sociedad siempre debe cuidarse de las utopías planeadas por artistas fracasados sobre mesas de café y a altas horas de la noche.

Todos los poetas adoran las explosiones, las tormentas, los huracanes, las conflagraciones, las ruinas, las carnicerías espectaculares. La imaginación poética no es algo deseable en un estadista.

En una guerra o revolución un poeta puede ser un buen guerrillero o espía, pero es improbable que resulte un buen militar, o en tiempo de paz un miembro sensato de una comisión parlamentaria.

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Una sociedad que fuera realmente como un buen poema, que encarnara las virtudes estéticas de la belleza, el orden, la economía y la subordinación de los detalles al todo, sería una horrorosa pesadilla. Dada la realidad histórica del hombre de hoy, una sociedad así sólo podría existir a través de la reproducción selectiva, el exterminio de los discapacitados físicos y mentales, la absoluta obediencia a su Jefe, y una enorme clase esclava escondida en los sótanos.

Viceversa, un poema que realmente fuera como una democracia política —lamentablemente no faltan ejemplos— carecería de formas, sería vacuo, banal y totalmente aburrido.

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En nuestra época, la simple producción de una obra de arte es en sí un acto político. Mientras existan artistas que hagan lo que desean y piensan, aún si no es terriblemente bueno, aún si sólo atrae a un pequeño grupo de personas, ellos le recordarán a los gobiernos algo que necesitan recordar: que los funcionarios son personas con rostro y no cifras anónimas; que el homo laborans es también el homo ludens .

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Traducción de Edgardo Russo. Pueden encontrar el ensayo completo aquí. Hace poco Galaxia Gutemberg publicó la selección de poemas y ensayos de Auden, Los señores del límite, cuyo editor y traductor fue Jordi Doce. Muy recomendable..

«Toquitos Auden» recibió 0 desde que se publicó el 27 mayo, 2010 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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