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Tecnofobia y poesía

Es este un tema del que ya he hablado en ocasiones anteriores, y que sigue siendo, para mí, materia recurrente de reflexión, así que acabo repitiendome, como el ajo, me temo: se trata de la tecnofobia o el tecnoanalfabetismo y la identificación del concepto de “cultura”, con el llamado mundo de las letras y de las bellas artes, como si la ciencia la elaborasen extraños alienígenas. Esta es una bitácora sobre poesía, es una restricción asumida voluntariamente y que me salto de manera muy ocasional, no porque el resto del mundo no me interese, muy al contrario, me apasiona la política,la tecnología, la historia, la geoestrategia, la música, la sociología, hasta el deporte de competición… pero hay blogueros con conocimientos mucho más amplios que los míos en todos esos terrenos, y con mejor criterio que el mío en todos esos temas, y ya los sigo, muchas veces hasta compulsivamente, en mi condición dolorosa de blogadicto ;). Así que, decía, este es un blog sobre poesía, no porque sea un experto -líbrenme los dioses de semejante condición- sino porque alguien tendrá que dedicarse a esa pobrecita mía, tan baqueteada.

Bien es cierto que en el mundo de los poetas hay importantes excepciones, como la de Hans Magnus Enzensberger, o Jorge Riechmann, personas capaces de manejarse en esos dos mundos que artificialmente hemos separado: la ciencia, la técnica por una parte, y las letras y las artes por el otro, pero si le echo un ojo a los currículums (manía profesional, diablos) de gran parte de los poetas en activo, son mayoría personas con una formación exclusivamente centrada en el campo de las llamadas “humanidades” (lo dicho, como si los programadores, por ejemplo, fuesen setas o una misteriosa especie de delfines).

Y últimamente percibo que la cosa se restringe, y que la mayor parte de los poetas de las nuevas hornadas resultan ser filólogos (esto es: Licenciados/as en Filología ) en un porcentaje abrumador, de modo que encontrar poetas con formación en otros ámbitos de las ciencias “humanas” (resalto las comillas) como abogados, psicólogos, sociológos, o, simplemente autodidactas que aprendieron a escribir poemas leyendo poemas, comiendose los poemas con pasión, se está volviendo muy difícil, como si se fuera hacia una especialización de la actividad poética y se acercara el día en que aquellos que escribimos poemas sin la adecuada licenciatura (grado en el futuro cercano) podamos ser acusados de auténtico intrusismo profesional…Igual es un miedo absurdo.¿O no?

Todas estas pajaradas se me han venido a la cabeza tras encontrarme, por una parte, con una pregunta de David de Ugarte recibida en un comment a mi entrada dedicada al proyecto “La última canana de Pancho Villa”. Me preguntaba David: “Qué hermosa experiencia…
Ahora que lo leo con calma estoy encantado… ¿Cómo no la conocimos antes? ¿Son offline? ¿No tienen web?”
. Lo cierto es que mi trabajo me costó encontrar referencias en la Red sobre “La última canana…“. No sé cual será la posición de sus promotores frente a Internet como espacio, o respecto a las tecnociencias, con lo cual quiero dejar claro que la pregunta es un pie que simplemente aprovecho para pensar en personas del mundo de la poesía que sí conozco, y que sí tengo más cerca y que consideran que yo soy un tipo notablemente raro en cuanto poeta, que me preocupan temas un tanto frikis,impropios de una persona “de cultura”, qué le voy hacer…

La otra referencia me llegó, como no, a través de Libro de Notas, con el artículo de César Antonio Molina, titulado La ciencia de la literatura, cuya lectura recomiendo fervientemente. Extraigo un párrafo especialmente llamativo:

Enzensberger pone algunos ejemplos ilustrativos: Goethe apasionado en la geología, la botánica, la fisiología, «por no hablar de la obstinada especulación que fue la Teoría de los colores». En La poesía de la ciencia vuelve sobre este asunto al recordarnos que la filosofía, la poesía y la ciencia surgieron y se desarrollaron paralelamente y, en muchos casos, confundidas entre sí. La raíz común era el mito. La tematización literaria de asuntos científicos nunca cesó y así, durante el siglo XX, autores como Queneau, Primo Levy, Stanislaw Lem o Thomas Pynchon continuaron la tradición de otros siglos. Y Enzensberger cita incluso a autores más contemporáneos como Inger Christensen, Durs Grünbein (del que han sido ya traducidos al español dos poemarios: Zona gris por la mañana y Lección de la base del cráneo, este último muy influido por la fisiología), Lavinia Greenlaw, Lars Gustafsson, Alberto Blanco o Miroslav Holub.

Coleridge solía asistir a las clases de química de la Royal Institution. Un día alguien sorprendido le preguntó por qué acudía a escuchar una materia tan distinta a la que él practicaba. El poeta inglés, contestó: «Para enriquecer mis provisiones de metáforas». Otro inglés, G. H. Hardy, especialista en teoría de los números, pone en boca de su amigo el genetista Steve Jones esta otra frase: «¿Qué sería de la ciencia sin metáforas?».

Hay un aforismo de Ezra Pound que forma parte de sus “Unos cuantos no” y que casi me sé de memoria y que dejo aquí, como se dice ahora, para abrir el debate:

Considera el estilo del científico antes que el estilo del agente de anuncios sobre un nuevo jabón.
El científico no espera ser aclamado como gran científico hasta que ha descubierto algo. Empieza por aprender lo que ya ha sido descubierto. Parte de ese punto hacia adelante. No se vale ser personalmente un tipo encantador. (Trad. Ernesto Cardenal)

Me preocupa una cuestión: que la poesía se convierta en algo parecido a lo que explica el colectivo ciberpunk en su ponencia identidad “La hora de la Sociedad Red” (pdf) respecto a la pintura. Extraigo el párrafo:

En artes plásticas, seguramente las más avanzadas en este proceso de separación de la realidad, los críticos y los mercados valoraban las obras no como objetos de consumo que reportaran más o menos placer, sino por su futura influencia sobre las futuras vanguardias, es decir, como documentos de una evolución artística que no tenía nada que ver con la evolución real del mundo. El mercado plástico se había convertido en un mercado de futuros sobre antigüedades y al hacerlo había convertido en antigüedades prematuras a todas sus creaciones. Todo el pensamiento ligado a esas formas artísticas, toda la gran cultura europea no podía servir para entender algo diferente a su propio aislamiento.

Esto es, que la poesía se convierta en territorio exclusivo de disfrute y análisis de supuestos expertos y que se aleje, deje de hablar del mundo al mundo, de lo expresable y de lo casi inexpresable; en ese sentido, los poetas que me gustan son los que se implican en esta realidad tan múltiple, complicada hasta lo inaprehensible a veces, y sufriente, y los que mantienen la curiosidad, la capacidad de asombro que solemos perder con los años…

Tómense todo esto como una pura disgresión nocturna, creo que el asunto exige un acercamiento más profundo…Otro día, más despierto, a fin de cuentas estamos a uno de septiembre…

«Tecnofobia y poesía» recibió 1 desde que se publicó el 1 septiembre, 2005 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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