Islas en la Red

Más de 10 años de poesía en la red

Ruido, ruido, ruido.

Arrancamos a hablar de la precariedad de nuevo cuño, que se añade a la tan tradicional en el campo de la poesía, que ya ni distinguimos de lo nornal.

Poeta siempre ha sido sinónimo de pobre, de muerto de hambre. Casi desde el principio. Por eso los poetas que trataban de vivir de su escritura no nacidos de alta cuna, se dedicaban a halagar ( salvo sonoras excepciones) al amo directo o potencial, al rey, al noble o a ambos según se diese. Esta condición precaria, además, parece ser universal y refleja tanto a los monjes japoneses itinerantes, como a los poetas occidentales, rondando la corte a la caza de alguna ventaja que cayera de la mesa del monarca o alto noble, y que sirviera para comer caliente un tiempo. Ser precario para un poeta que pretendiese vivir de la poesía, era condición de partida y de llegada, un estado permanente, al que se llegó a dotar de cierto halo de prestigio: el poeta debía ser bohemio o maldito, mal comido, mal vestido y tal vez, eso dependía de los amigos, bien bebido.

Ya metidos en el siglo XX Auden hablaba de la condición sospechosa de la poesía como oficio, mejor no declarable. Auden se presentaba ante las autoridades como escritor, a sabiendas de que aquellas podían aceptar que hay escritores que ganan dinero y pagan impuestos:

“Hoy la pregunta “¿A qué se dedica usted?” significa “¿Cómo se gana usted la vida?” En mi pasaporte aparezco como “Escritor”; esto no me causa molestias con las autoridades porque los funcionarios de inmigración y aduanas saben que cierto tipo de escritores hacen mucho dinero. Pero si un desconocido me pregunta en el tren mi ocupación, jamás respondo “escritor”, por temor a que continúe preguntándome sobre la naturaleza de lo que escribo. Responderle “poeta” nos incomodaría a ambos, y ya que sabemos que nadie puede ganarse la vida escribiendo únicamente poesía. (Hasta ahora la mejor respuesta que encontré, conveniente porque mata la curiosidad, es historiador medieval).”

Como les comentaba en una entrada anterior, ando tratando de hacer aterrizar mis intuiciones alrededor de como afecta a la poesía lo que he llamado tercera fase de desarrollo del mundo de las redes, ayudándome de una guía indígena: Remedios Zafra y su ensayo “El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital”.

Y la primera pregunta que se me viene a la boca es: a un oficio milenariamente precario, como es el de la poesía, que nunca dio de comer, salvo contadas excepciones, al menos directamente ¿como le afecta la cada vez más presente precariedad en los trabajos creativos que la extensión de internet, las redes sociales y lo que Remedios Zafra llama “la habitación conectada” parecen haber acentuado, o, al menos, haber dotado de ota dimensión?

Cuando decimos “la poesía”, nos referimos, claro, a las y los poetas, que desde su posición en el mundo real, sea “físico” o “virtual”, y desde un cuerpo cuyas necesidades están siempre presentes de un modo más o menos acuciante, como destaca Zafra, escriben poemas. Porque cómo les esté afectando, de algún modo acabará, inevitablemente filtrándose a los poemas que escriben o/y a como los escriben:La poesía, finalmente.

La no asunción de la poesía como arte u oficio del que se pudiera vivir estaba perfectamente asimilada. El o la poeta pre-redes sociales, que de partida y con toda naturalidad había asumido que de la poesía no iba a vivir, había en buena parte encontrado echadero en actividades laterales a aquella, como puede ser la enseñanza, la llamada “gestión cultural”, etc. Por otra parte, la poesía no se identificaba con un trabajo, sino con una condición, algo que venía con uno/una, y así se ve con naturalidad que se sea dentista y poeta, funcionario de Hacienda y poeta, empleado de alto nivel de una empresa tabaquera y poeta. Es algo que, curiosamente, compartimos con la tradición anglosajona. En general, y por buenas razones, el halo del malditismo nos da yuyu.

Podría hablarse, por ejemplo, de la excepción mexicana, que ofrecía una especie de “plan de carrera” a través de premios, becas y puestos públicos a buen número de poetas que, de ese modo, venían a tener por patrón al Estado Mexicano, con el que han mantenido cierta condición de vasallaje, hasta la ruptura de ese ecosistema.

Un o una poeta, trabajaba, escribía, trataba de publicar de cuando en vez un libro y entrar en el reducido circuito de lecturas, festivales y demás eventos, pagados, fundamentalmente, con prestigio o reconocimiento ( y a partir de ahí cierta influencia que pudiera llegar a constituirse en algún tipo de poder). En ese frecuente “pago con visibilidad”, ahora bastante estandarizado, la poesía ya estaba adelantada hace años a los tiempos presentes.

(…) llama la atención cómo empleos creativos y culturales hoy siguen un camino donde la ambigüedad ha sido empleada para difuminar su trabajo, bajo perversas formas de consideración que hacen borrosa su denominación y pago. Alimentar un sistema apoyado en el entusiasmo y en la suficiencia de un pago inmaterial es otro factor que nos resulta tristemente familiar

En la práctica del pago inmaterial, la poesía lleva años aposentada. Las revistas piden poemas o reseñas, y los organizadores de eventos invitan a las y los poetas partiendo de la base de que les hacen un favor, ayudan a su visibilidad y al desarrollo y mantenimiento de una “marca personal” (el penúltimo grito capullo del social-marketing). Sólo en la participación en los jurados de los premios no se discute la retribución, esto, se me ocurre, por dos razones: porque se parece intelectualmente bastante al ejercicio físico de picar piedra, y porque una remuneración sustanciosa te puede volver más sensible o comprensivo con algún tipo de presión.

Y así era ya la vida del poeta en los tiempos previos a internet. Hasta el poeta más premiado y considerado compatibilizaba su arte con otros trabajos que desarrollaba de manera más o menos vocacional, y asumía como propia le célebre frase a tantos atribuida de que “la poesía no da de comer, pero puede dar de merendar”… si eres capaz de entrar en el circuito de las meriendas, añado yo. ¿Qué de nuevo añade a esa situación la extensión de las redes y en especial de las llamadas “redes sociales” de la tercera fase de internet? ¿Más precariedad “laboral” o “profesional” en cuanto su subsistencia económica como poeta, o una nueva precariedad que afecta a esa propia condición, celosamente guardada y defendida?

Tengo la sensación de que dado que más precariedad económica que la existente con anterioridad es difícil pero posible, cuando el acceso a los trabajos “alimenticios” cercanos aunque sea tangencialmente a la escritura se vuelven cada vez más difíciles, la gran novedad en lo que respecta a la poesía es el ruido, un ruido atronador que vuelve invisible a quien no se une al coro cacofónico, fragilizando, precarizando, la perspectiva, incluso, de que tus poemas lleguen a tener interlocutores en una economía de la sobreinformación y de la escasez de atención. Esa atención tan escasa en el mundo de la poesía, esa miniatención por la que no había que competir porque la poesía no era un nicho de mercado al que se viera apenas rentabilidad, ha sido descubierta por aguzados cazadores de tendencias, y el y la poeta siente que se le desplaza de su escondido rincón, de aquella esquina donde habitaban los libros de poesía en las librerías, que empiezan a ser ocupados por el cantante de moda, o el último juguete de un talent show.

En el ruido, el poeta sólo ve intemperie. Seguiremos hablando.

«Ruido, ruido, ruido.» recibió 0 desde que se publicó el 2 julio, 2018 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.