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Rescatar las palabras

En su par de versos emblemáticos, el Maestro Cadenas dejo dicho: “Que cada palabra lleve lo que dice. / Que sea como el temblor que la sostiene.”.  Lo hacía en un poema titulado “Ars poética”, que mucha gente sabe de memoria (o de corazón, jugando con esa hermosa expresión del inglés). Liberar las palabras del vacío, la banalidad y la instrumentación por la peor cara de la política, creo que ahora mismo no es solo una cuestión de “Ars poetica”, sino, simplemente, de “Ars Vitae”.

Y, a modo de demostración de esta idea, traigo a conversar dos textos de origen muy distinto con los que me he encontrado recientemente, que convergen en denunciar los efectos destructivos de la banalización del lenguaje. Por un lado David de Ugarte, economista, cibertactivista, blogger de primerísima hora, pensador, y también narrador, aunque hace tiempo que está más centrado en la tarea ensayística alrededor de la llamada”economía directa” y las nuevas formas de comunitarismo, cuando en uno de sus últimas entradas: El comunitarismo, de la postguerra a la filé, se detiene un momento para resaltar que

el sesentayochismo y los más de cincuenta años de secuelas, traumas y tabús que dejó tras de si también tiene algo valioso que enseñarnos: el desastroso efecto de la banalización del lenguaje. Para pensar en común necesitamos compartir los términos y expresiones que articulan la conversación. Es más, necesitamos que tengan significados claros y conocidos por todos. Por eso la deliberación de una comunidad en el tiempo toma tantas veces la forma de un vocabulario en desarrollo, de un léxico particularmente preciso en aquellos temas que son la base de su reflexión, trate esta sobre cuestiones técnicas o sobre fenómenos sociales.

Cuando los estudiantes de los sesenta usaban el término «comuna» para llamar a los pisos que ocupaban, buscaban una asociación con lo que «comuna» y «comunero» habían significado hasta entonces para un europeo medio: las revueltas urbanas contra la monarquía y sobre todo el gobierno revolucionario de la ciudad de París en 1871. Pero la realidad que tenían para ofrecer era mucho más pobre. Resultado: décadas después, la primera acepción para comuna en el diccionario más común de la lengua española nos remite a aquellos pisos haciendo un curioso énfasis en la idea de «comunidad sexual». Ese fenómeno, tan característico del desastre sesentayochista tiene diversas variantes locales -ya comentamos el vaciamiento por ejemplo de la palabra «anarquismo» en Alemania. Y por supuesto tampoco fue original (nada en el sesenta y ocho lo fue realmente), platónicos y cristianos ya habían convertido muchos siglos antes «epicúreo» en sinónimo de «hedonista» contra toda evidencia.

Pero en nuestros días, la destrucción consciente, política, de significados se ha multiplicado con los intentos de recentralización de Internet por las empresas puntocom. Primero, las «redes sociales» pasaron de ser la base de relaciones interpersonales de una sociedad a convertirse, en el lenguaje mediático primero y en el común poco después, en una serie de servicios web de grandes empresas. Siguiendo los intereses corporativos y las modas, se ven asediados desde los medios significados de cosas tan básicas como «compartir una casa», una expresión que quería decir algo bien diferente de alquilar una habitación o un apartamento turístico en un servicio online especializado. Por no hablar de la misma palabra «comunidad, que como vimos, a estas alturas puede querer referirse a casi cualquier cosa.

Y por otro, un poeta, Juan Manuel Roca, de una manera más breve y prestando atención a las ocultas paradojas, como un poeta debe tratar siempre se expresarse, nos deja dicho en su Elogio de la poesía:

Un aparente escollo para la poesía tiene que ver con la crisis de la palabra, en particular por su constante manoseo. La palabra es la primera baja en una crisis social: para qué el vocablo pan si no remplaza al pan, para que la palabra libertad si tantas veces está en los labios de los carceleros. Sin embargo esto, antes de crearle un desaliento obliga al poeta a buscar la palabra justa en el inmenso pajar del lenguaje y a habitar de nuevo las palabras que el mal uso han ido volviendo huecas, calcáreas. Es paradójico, hasta la libertad en el poema resulta tantas veces contradictoria por el hecho mismo de querer fijarla en palabras. Como es paradójico que estando la poesía construida con vocablos aspire al silencio.

Nada nuevo si uno lo piensa. Vaciado de palabras importantes para que lleguen a significar nada, mentiras repetidas hasta una extenuación que las convierte en verdades indiscutidas (hace unos cien años se martilleó a las sociedades europeas con el miedo al oscuro e insidioso peligro judío y las consecuencias finales fueron las que fueron), adaptaciones de la historia a las necesidades políticas del momento… Todo esto lo hemos visto ya en Europa en particular, y los resultados fueron siempre catastróficos.

En el mundo jurídico (uno en el que las palabras y sus interpretaciones son extremadamente importantes) de la Unión Europea, las normas empiezan casi siempre con un glosario de conceptos y su definición concertada. Tal vez todos debamos incluir en nuestras conversaciones cotidianas las siguientes preguntas: ¿Qué quieres decir cuando dices…? ¿A qué te refieres exactamente cuando hablas de…? Rescatar las palabras de su manoseo no puede ser sólo tarea de poetas o filósofos, pobrecitas palabras entonces. Las y los ciudadanos en cuanto tales también tenemos nuestros deberes en ese sentido. Si no, dejaremos la ciudad en manos de quienes más griten sus particulares consignas.

«Rescatar las palabras» recibió 0 desde que se publicó el 10 Enero, 2015 dentro de la serie «~» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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