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Poesía postadolescente IV: Un triste epílogo.

Un/a poeta es como todo el mundo, y está sujeto a los mismos instintos y manipulado por las mismas carencias que cualquier otra persona. Lo único que puede diferenciar al o a la poeta de alguien que no lo sea, es una mayor (innata o educada o ambas cosas) sensibilidad para el sonido de las palabras, el ritmo y la música escondida del lenguaje. Y esto me hace volver a la cita ferlosiana: poco puede esperarse de gente que no respeta la palabra, que es el material con el que se construyen los poemas (sí chicos y chicas, sí, con palabras, no con sentimientos por muy bellos o nobles que estos sean o aparenten ser). Tras la fealdad, la estupidez, y tras ella la maldad.

En este blog hemos dedicado más espacio del deseado al fenómeno de la poesía postadolescente de moda. Estas tres entradas en particular: A vueltas con la poesía postadolescente I, A vueltas con la poesía postadolescente II, y Cerrando el tríptico: una lectografía sobre la poesía postadolescente de moda. Y hasta aquí pensaba que iba a llegar, pero, tristemente, no.

Una de esas entradas la cerraba una cita de Rafael Sánchez Ferlosio que me regaló mi amigo el poeta Germán Machado: “…primero llega la Fealdad, luego la Estupidez y finalmente la Maldad”. Pues bueno, la maldad llegó, como nos cuentan los amigos de la revista Oculta-Lit en esta entrada: LO QUE LOS POETAS (HOMBRES) QUIEREN DE LAS MUJERES de Diego Álvaez Miguel. Con la fealdad contabamos ya de entrada (dioses qué poemas) y la estupidez se daba por descontada.

Muy en resumen, la entrada recoge las denuncias de un buen número de mujeres en relación con eventos “poéticos” en bares y pubs madrileños que se han sumado a la moda de los jams, los openmikes, y los poetas “planetarios” (Tengo un amigo músico que sostiene la conspirativa teória de que esa moda tiene por objeto sustituir la música en vivo, dado que los músicos tienen la extraña manía de querer cobrar por su arte) en los que se han visto acosadas, y a veces algo más. Una autora habitual en ese tipo de eventos generó un hilo de Twitter con diferentes denuncias, del que se hace eco Álvarez Miguel. Si lo leen encontrarán cosas diferentes: desde patéticos intentos de ligar haciendose el importante a situaciones bastante más oscuras, que no sé si rozan el código penal, pero, desde luego, nada agradables para quien las sufre.

El texto de Álvarez Miguel y el hilo de Anna Palaniuk, me ha llevado a un par de reflexiones quizás no muy sesudas.

La primera es flipar con cómo han cambiado las lecturas de poesía, que este tipo de eventos pudieran ser considerados un espacio propicio para ligar me parece tan alucinante como una abducción extraterrestre. Yo fui “poeta joven” en otro tiempo, claro, en el que escribir y leer poesía te ponía en el escalón más bajo del ya bajo mundo friki (hablo de una época en que haber leído El Señor de los Anillos era casi como pertenecer a una secta, y los aficionados a la poesía -autores o no- estábamos en un escalón más bajo que el de los amantes de la Ciencia Ficción o la Fantasía). Si bien reconozco que no soy muy partidario de los pubs como espacios para decir poesía y compartirla -mi experiencia cuando lo he hecho ha sido casi siempre tener la extraña sensación de que estaba interrumpiendo el flujo natural de las conversaciones alrededor de una copa- cabría alegrarse de que eventos alrededor de la poesía sean capaces de tener un tirón importante de público, y público joven, por lo demás.

La segunda es sobre las actitudes descritas en los textos mencionados. Nada que no haya sucedido en otros entornos más prosaícos si quieren, pero en una lectura de poemas tenemos la suerte de poder contar con una herramienta para desmontar a cualquier pretencioso con aires en apenas un pestañeo: Leer. Lean poesía, preferentemente, de poetas muertos (ya sé viejos cadáveres bastante menos sexis, al menos a simple vista, que un teintañero de ojos tristes queriendo parecer que tiene veinticinco); poesía de aquella que sus profesores trataban de acercarles con escaso éxito durante la ESO y el bachillerato. Llámenme elistista, pero de verdad, si se leen unos pocos poemas de La voz a ti debida, de Pedro Salinas (de cuyos poemas Cortazar decía que eran como el jazz) o poemas de Divan del Tamarit, de Lorca, o poemas de amor de los grandes latinoamericanos del pasado siglo (Neruda, Paz, Sabines, Gelman…si te gustan los poemas de amor estos tienen fantásticos) textos fáciles de encontar y en ediciones estupendas a la vez que baratas, cuando se les acerque un pretencioso cargado con su arsenal de tópicos, a la segunda tontada, chicos y chicas, les brotará inevitable la carcajada, y no hay mayor arma de destrucción masiva para un personaje de este tipo que una buena carcajada justo al corazón de su ego. Y además les saldrá sola. No lo podrán evitar. Habrán educado el óido y un oído educado se defiende instintivamente del horror y la cursilería.

La tercera es relativa al recurso mencionado en ambos textos de los “espacios seguros”. Es verdad que cuando leo las salvajadas que dicen algunos tipos en las distintas redes o en los comentarios de la prensa digital, no puedo dejar de pensar que todas las personas con una mínima sensibilidad humana necesitamos de veras espacios seguros, donde el garrulismo, la brutalidad, la prepotencia y la chulería no tuvieran entrada, pero, dicho esto, a ver cómo me explico: soy de la promoción que aún tuvo que pelear con sus mayores para poder tener espacios compartidos entre chicos y chicas, hombres y mujeres jóvenes, libres de vigilancia o condescendiente tutela de algún tipo de autoridad superior. Aquello fue toda una conquista, y me preocupa pensar que la reivindicación de “espacios seguros” acabe llevándonos a una segregación de nuevo cuño. Me parecería una lástima enorme. Si hay que segregar no creo que deba hacerse por sexo, sino por actitudes, porque, desde luego, hay actitudes que no debemos (ni mujeres ni hombres) permitir.

La cuarta: no puedo dejar de sorprenderme ante la ingenuidad que algunos de los testimonios recogidos por Anna Palaniuk muestran. No es la primera vez que me encuentro con la extraña idea de considerar que una persona (hombre, mujer, da igual) es mejor o más “sensible”, porque escribe poemas, por el hecho de ser poeta. La historia universal de la poesía está llena de personas excelentes y nobles y de auténticos bichos venenosos. Un/a poeta es como todo el mundo, y está sujeto a los mismos instintos y manipulado por las mismas carencias que cualquier otra persona. Lo único que puede diferenciar al o a la poeta de alguien que no lo sea, es una mayor (innata o educada o ambas cosas) sensibilidad para el sonido de las palabras, el ritmo y la música escondida del lenguaje.

Y esto me hace volver a la cita ferlosiana: poco puede esperarse de gente que no respeta la palabra, que es el material con el que se construyen los poemas (sí chicos y chicas, sí, con palabras, no con sentimientos por muy bellos o nobles que estos sean o aparenten ser). Tras la fealdad, la estupidez, y tras ella la maldad.

Y prometo que esta es la última entrada que dedico a este temita de la poesía postadolescente. Que ya está bien.

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