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Marcial, hoy como ayer

No recuerdo como vine  a dar con este magnífico libro, con un prólogo muy interesante del antólogo y traductor José Guillén,  que recoge un buen montón de epigramas del poeta de la Hispania Tarraconense Marco Valerio Marcial. La cosa es que leyendo a Marcial uno se siente transportado a las calles de la Roma imperial, tan parecidas a la vez a las de nuestras atribuladas ciudades, y concluye inevitablemente que el ser humano ha evolucionado bien poquito… Yo me enganche a estos breves y afilados poemas a través del librito de versiones de Catulo y Marcial de Ernesto Cardenal, y con los que el propio poeta nicaragüense escribió, algunos de los cuales me sabía de memoria,  cosa que quienes me conocen saben que es extraño.  Aquí les dejo unos cuantos  epígramas de Marcial hablando de política,  poetas y poesía que parecen tal cual escritos esta mañana…

XCVII
Un orador tímido

 Cuando todos gritan, Névolo, sólo entonces hablas y te crees un defensor y un abogado. De esta forma cualquiera es elocuente. Mira, ahora están todos callados. Névolo, di tu algo.
I ( del libro II)
Ventajas de un libro corto

Desde luego que podrías aguantar trescientos epigramas; pero ¿quién te aguantaría a ti, libro mío, y te leería por entero? Aprende ahora, por el contrario, cuáles son las ventajas de un volumen sucinto. Lo primero es que me gasto menos papel; después, que el copista termina con estas cosas en una sola hora, y sin tener que ocuparse únicamente en mis bagatelas; la tercera circunstancia es que, si por casualidad te lee alguien, aunque seas malo de remate, no resultarás odioso. El convidado te leerá una vez hecha la mezcla de la copa quincuncial, pero antes de que empiece a templarse la copa escanciada. ¿Te parece que estás protegido por tanta brevedad? ¡Ay de mí, para cuántos serás largo incluso así!

LXVIII
Nuevo aliciente de la lectura

Hasta aquí, este libro se ha escrito para ti, matrona. ¿Me preguntas para quién va escrito el resto? Para mí. El gimnasio, las termas, el estadio están de esta parte. Retírate. Nos desnudamos. Ahórrate ver desnudos a los hombres. A partir de aquí abandonado ya el pudor después del vino y las rosas, Terpsícore, perdida la cabeza, no sabe lo que dice y, sin eufemismos ambiguos, nombra con todas sus letras aquel órgano que recibe altivamente Venus en el mes sextil, que el encargado de la finca puso como guardián en medio del campo y que una doncella honesta mira cubriendo sus ojos con la mano. Si te conozco bien, ya cansada, ibas a dejar este largo libro; ahora, lo leerás ávidamente hasta el fin.

XLI
Lo mejor, tú afónico y nosotros sordos (dedicado a los poetas foulard, añado yo)

¿Por qué cuando vas a recitar rodeas tu cuello con una bufanda de lana?
Mejor les vendría ésa a nuestros oídos.
X
No me corre prisa el ser famoso

“¿Qué qué es eso de decir que la fama se niega a los vivos y que a pocos lectores les gustan sus contemporáneos?”. Régulo, creo que estas costumbres surgen de la envidia, porque ella prefiere siempre los antiguos a los modernos. Así en nuestra ingratitud buscamos la sombra en la antigua columnata de Pompeyo; así los antiguos admiran el templo miserable de Cátulo. Roma leía a Ennio en tiempo de Virgilio y Homero fue despreciado por los de su tiempo. Pocas veces aplaudieron los espectadores las comedias de Menandro y a Ovidio no lo conocía más que su Corina. Sin embargo vosotros, libritos míos, no os apresuréis: si la gloria viene después de muerto, no me corre prisa.

LVI
Cualquier ocupación da más dinero que las letras

Hace tiempo, Lupo, que buscas preocupado y me preguntas a qué maestro confiar la educación de tu hijo. Te aconsejo que evites a todos los gramáticos y rétores, que no vea ni por el forro los libros de Cicerón ni de Virgilio, que deje a Tutilio con su fama. Como haga versos, deshereda al poeta. ¿Quiere aprender oficios de dinero? Procura que se haga citaredo o flautista de acompañamiento. Si el muchacho tiene visos de ser duro de mollera, hazlo pregonero o arquitecto.

LXXIII
¿Qué por qué no te envío mis libros?

¿Te admiras, Teodoro, de por qué no te regalo mis libros, a pesar de que me los pides tantas veces y con tanto ahínco? La causa tiene su importancia: para que tú no me regales los tuyos.

—-
 El libro que recitas, Fidentino, es mío; pero cuando lo recitas mal, empieza a ser tuyo
—-
LXXXI
Dinero quiere a dinero

Siempre serás pobre, si eres pobre, Emiliano: hoy día las riquezas no se dan a nadie más que a los ricos.

 

 

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