Las viejas décimas

Décimas para Marichiko
Hace poco descubrí al poeta norteamericano Kenneth Rexroth, y, especialmente, un poemario suyo titulado “Los poemas de amor de Marichiko”. En esa obra, un septuagenario Rexrtoh crea una poetisa japonesa apócrifa, que se expresa en breves poemas como este:
CXI
Grito cuando me muerdes los
pezones y el orgasmo
me vacía el cuerpo, como si me
hubieran partido en dos

Siempre he identificado erotismo con vitalidad. Semejante energía me dejó sin aliento y pensativo, y rendido ante la dama imaginaria. Tal vez una poetisa japonesa debiera haber recibido una colección de haikus, pero creo que me aceptaría estas décimas, tan exóticas posiblemente, para ella.

I

Al recorrer tus pezones,
mi lengua vuelta candela
no atiende ya a más razones,
ningún otro premio anhela
que verte sin condiciones
abierta y desbaratada,
pura hambre desatada,
ansiosa de ser comida,
de presentir mis mordidas
por toda tu piel amada.

II

Mis manos buscan refugio
en tus rincones secretos.
Mis dedos no se están quietos,
buscan cualquier subterfugio,
y te corretean inquietos
buscando ese punto exacto
que signe un grito en el acto,
grito del que bebo y vivo,
estampido radiactivo,
rúbrica de nuestro pacto.

III

Quiero beber de las aguas
que te surten al rozarte,
lentamente acariciarte
aunque después sienta magua
cuando te vas y distante
mis labios ya no te alcanzan
ni mis manos te atenazan
junto a mí bien apretada
mientras te bebo escanciada
sobre mi lengua de estraza.

IV

Apriétame entre tus piernas
hasta que me dejes marcas,
en tus entrañas me abarcas
y acepto cualquier condena
mientras se desencadena
un río caliente y espeso:
la médula de mis huesos
que se derrama en tu vientre.
Reclámame que te entre,
que no acabarán mis besos.

V

Entre tus pechos me escondo
huyendo del mundo perro,
en esas carnes me encierro
y entre tus piernas me hundo,
y en ese momento un hierro
que al fuego me señalara
de ti no me separara:
soy fruta para tu hambre,
tú la puerta que se abre
si me desesperanzara.

VI

Tus nalgas incandescentes
son el cielo en esta tierra,
me acogen tan suavemente
que casi me desintegran.
Tus nalgas son mi horizonte,
mi tierra de promisión,
una dulce maldición
que afecta a mi rendimiento,
me deja sin argumentos,
te ofrece mi sumisión.

VII

Me dejo hacer por tu lengua
dibujando mi contorno,
trabajándome en el torno
sin que yo te pida tregua.
Arrástrame sin retorno
hacia el corazón del grito.
Sumérgete en mi maldito
corazón desangelado.
Sólo he de ser habitado
por tu lengua y tus deditos.

VIII

La geografía de tus labios
en un mapa se resume
de besos que se consumen
como fuegos en mi osario.
Quiero tus labios despacio
recorriendo los caminos
que conducen su destino
hacia más allá del vientre
donde sentirte presente
me conduce al desatino.

IX

En tus pechos me detengo
una vez más, los rompientes
de mis ataques calientes,
tus bazas en este juego
en el que agoto mi fuego,
y ante tus duros pezones
yo me atengo a tus razones,
me deshago en aguas dulces:
da igual en donde me pulses,
me rindo sin condiciones.

X

Al oprimirte, mi cuerpo
no siente remordimiento.
Junto a mi oído, tu aliento
reclamándome ese tiempo
detenido, en el momento
en que el mundo se estremece
y todo desaparece.
No me dejes Marichiko,
la reina de mis mordiscos,
sueño que se desvanece.

Décimas dedicadas

Las palabras van buscando
Su propio ritmo secreto,
Ya sea rápido, ya lento,
Su asidero olfateando
Desde el que decir lo justo,
Aquello que el ruido esconde,
El amor que todo puede,
La violencia cotidiana,
El hambre de carne humana,
La rabia de los sin donde.

LA MARCHA DE LOS 150.000.000 (Enrique Falcón)

I

Los amargos recorridos
Del hambre y de la fortuna,
De tanto niño sin cuna,
La patria de los vencidos.
De esta rebelión de heridos
En las esquinas del mundo
Para encontrar un segundo
Espacio para la vida
Canta Falcón, voz partida
Margullando lo profundo.

II

150.000.000
caminando su destino,
buscando el mejor camino:
guaguas/ cayucos/ aviones,
dolor en los corazones
de viajeros clandestinos.
Los senderos de la sangre
Su traza en la tierra dejan,
Sus hilos se desmadejan
Desde las patrias del hambre.

III

Enrique canta una historia
Que ocurre en este momento,
Se mezcla con el aliento
De ese caminar sin gloria,
Y construye la memoria
Cantada de la existencia
De un andar en resistencia
Que en su centro nos atrapa,
Que desordena los mapas
Al golpe de su cadencia.

PIEDRA CORAZÓN DEL MUNDO (Antonio Orihuela)

I

El corazón de la piedra
Se deshace en fantasías
Verdes como verde yedra
Brotando a la luz del día.
Esa piedra es sólo mía,
Se me va volviendo arena,
Un polvo que apenas pena
Su camino de retorno.
Dando vueltas en el torno,
El silencio es la condena.

II

Piedrita del corazón
Agarrada a mis costillas
Vuelta arenal sin orilla
Al golpe del ventarrón
De este tiempo sin razón,
Te me deshaces y quiebras,
Me derribas y me afiebras,
Me niegas sentirme viejo,
Y a pesar de que me quejo
Me agarro a mi dulce piedra.

III

Piedra corazón del mundo,
Que vuela desarraigada
En este espacio vallado.
Pájara desarbolada,
Piedra en vuelo condenado
Que no acepta la derrota
Y al dar en la tierra brota
Un aire nuevo y rebelde
Un geiser de ramas verdes
Que en flores negras explota.

CASA QUE NO EXISTE (Ernesto Suárez)

I

La casa que ya no está
Se la llevó un viento frío,
Dejando un solar vacío
Que cubro con lo que resta
De la memoria despierta
Que resiste la intemperie,
de las derrotas en serie
Y a la turbia cantinela
De que rendirse es la estela
A seguir: que otro se ferie.

II

En el zaguán refugiado
De la casa que no existe,
Este niño que no existe
Mira el asfalto mojado
Por la lluvia de un pasado
Invierno de barranqueras
Corriendo por las aceras
De la ciudad alongada,
Donde ya no queda nada,
Donde el silencio le espera.

III

Si la patria es la memoria
Es una patria confusa,
A veces se hacen difusas
Las caras y las historias.
Las avenidas, las casas,
Se vuelven inconsistentes,
Un rastro apenas caliente
Por el que una vez pasamos,
De todo aquello que amamos
En la casa que no existe.