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La vehemencia del silencio

Hace unos días, a cuenta de la desaparición de Ernesto Delgado Baudet, se me vino a la cabeza un viejo amigo, José Marrero y Castro, y colgué un par de poemas de su último libro de poemas (de allá 1982) “La transmisión del silencio”. Pues bien, el amigo Marrero me deja un comentario que creo tiene que ser una entrada de este blog, a cuenta de Ernesto, también, y del silencio: La vehemencia del silencio. Aquí lo tienen. Bienhallado Pepe…

La vehemencia del silencio.
Hace unos días descubrí que mi viejo amigo Daniel Bellón desde su blog daba acuse de recibo de la desaparición de Ernesto Delgado Baudet. De paso se acordaba de la obra de otro poeta de decidió callar (se refería a mí) desde el último poemario publicado en 1982. Reflexioné sobre la naturaleza de la postura creativa que el silencio voluntario me había brindado sin habérmelo propuesto. En todo caso, nunca pensé que mi silencio fuera siquiera postura alguna.

Pero a veces ocurre que el silencio es tan elocuente con su falta de argumentos, que es capaz de sobrevivir a los consabidos estertores que la realidad literaria impone a sus agentes principales, en lo más profundo de su razón de ser. Y digo agentes principales, que no actores, porque creo que los papeles principales a representar en la literatura pertenecen, como no podría ser de otra manera, a los lectores. Ellos son al final, los que deciden si tu obra valió la pena o simplemente fue un mero experimento vital que se acabó un buen día, tal como había empezado.

Seguro que muchos de esos agentes de los que hablo, no saben realmente que lo son y piensan equivocadamente, que no solo son actores, sino que además tienen un papel protagonista. Encuentro triste y lastimero esa manera de vivir la literatura, de ser “descreador”, de abogar por un trasiego de textos como papel moneda para alimentar fatuamente, la mayor parte de las veces, únicamente la vanidad de unos y la ignorancia de otros.

Cuando decidí callarme, auténticos bodrios circulaban como publicaciones con exitosa parsimonia, arrastrando muchas veces por absorción lo realmente bueno y dejando que el acto creativo de escribir quedara a la altura de la anécdota más escatológica, en las dos acepciones de que este vocablo podemos obtener en el Diccionario de la Real Academia. Se publicaba entonces pensando una cosa mientras se hacía lo contrario, sin la más mínima preocupación por la honestidad literaria, haciendo la crítica su función más desoladora (recordemos a T.S. Elliot en “función de la crítica y función de la poesía”).

Publicar para mí, entonces, iba camino de ser una obsesión con muy buenas intenciones que no llegaba a ser más que un mero ejercicio de aprendiz de brujo y decidí callar.

Sin menoscabo de la labor creativa desbocada de algunos autores muy válidos, creo que la extensión de la obra de un escritor no ha sido nunca lo más importante de la obra. No es la cantidad, sino la calidad, la que determina la validez de lo escrito y publicado. Ni siquiera la secuenciación en el tiempo de la obra de un escritor es lo más importante a la hora de afrontar su obra porque, no siempre necesariamente, lo último que hizo fue lo mejor que creó.

La aportación a ese mundo diametral y virtual de la literatura a este otro real y tangente en el que nos ganamos la vida, es decir, la aportación de un creador a la literatura cobra sentido cuando algo bueno, aun cuando breve, alumbra como un foco el ojo de los lectores.

Para que no quepa duda sobre lo que pienso de él, en el caso de Ernesto, no solo estamos ante ese tipo de poeta que escribía poco pero bueno, sino que su experiencia vital, precedió y antecedió siempre a su quehacer poético.

Espero que, tras la ausencia de Ernesto, no asistamos a un brote de tontería de naturaleza “obituaria”. Siempre me ha sorprendido muchísimo cómo es posible que tanta gente sin zorra idea sobre lo que habla, sea capaz de hablar tan alegremente de la obra de un poeta u otro (da lo mismo quién sea) sentando cátedra de circunstancias. Creo que el mejor homenaje que sus contemporáneos podemos hacerle a nuestro Ernesto, es dejar de hacer el bobo y ponernos a escribir cada uno lo suyo dejando de lado las tentaciones de aparecer como hacedores de epitafios ajenos.

Ernesto es el primer poeta hecho a sí mismo en los años 80 que conozco que haya concluido su carrera literaria activa y deberíamos mirar bien lo que contamos de él y cómo lo contamos. No con la intención de censurarnos, sino desde la necesidad de contenernos y dejarle en paz con sus virtudes y sus defectos, todos ellos humanos y nada divinos, como los de todos nosotros, sin ir más lejos.

No obstante, creo que estas cosas que propongo nada tienen que ver con la literatura explícitamente, sino con el sentido común (a veces poco abundante). Deberíamos guardar el respeto del silencio para no verter patéticamente a la primera oportunidad que tengamos, cualquier cosa escrita para apuntarnos la medalla de “haber sido amigo de”, como parece ser que ya ha empezado a ocurrir.

Hace falta (porque hace falta) que ahora le dejemos vivir su nueva deriva literaria teniendo en cuenta que es él el que callará para siempre. Pero su silencio, no significa de ninguna manera otorgar razón o consecuencia, ni mucho menos podrá significar nunca en todo caso dar por perdida una batalla dialéctica con nadie.

Creo que todavía, para los comunes mortales de este lado del telón, no es hora de estudiar a Ernesto, sino de seguir sintiéndolo muy cerca o muy lejos, según quien lo esté sintiendo. En resumen, creo sinceramente que hoy por hoy, para estudiarlo, hace falta algo de perspectiva y sobran oportunistas.

He guardado silencio hasta ahora, no se muy bien por qué. Ahora Ernesto me ha estampado en la cara, con su muerte, lo que es realmente asumir el silencio. Y Daniel me ha estremecido al decir de mí que yo había decidido optar por el silencio. Quiero decir que en parte, a veces es mejor callar para que, desde la vehemencia del silencio, salga con toda su fortaleza desde el fondo de esa caja de Pandora que mantenemos cerrada los poetas, aquello que sólo debería emerger limpiamente.

No obstante, todo esto que digo no deja de ser una opinión. Y creo que eso no es otra cosa que amar realmente a la literatura. Para Ernesto, su vida entera no fue más que ese acto de amor definitivo hacia las letras, hacia lo que fue siempre su verdadera vocación vital, como parte indisociable de su necesidad de arrastrar su sombra bajo el sol.

Rompo mi silencio hoy para hablar de un poeta que fue un amigo y un extraño a la vez, del que conocí solo parte de su obra que cualquiera puede conocer. Tal vez la menos importante, aquella que todos podemos conseguir en una librería. Porque su verdadera obra literaria como ya nos ha dejado entrever nada más marcharse, aquella que tanto vértigo le dio lo mismo a él que a sus más cercanos, se la llevó a la tumba, en compañía de esa sonrisa entre malévola y bondadosa que a veces asomaba a su cara.

Creo haber aprendido a leerlo, por lo tanto.
Un abrazo.
José Marrero y Castro.

«La vehemencia del silencio» recibió 0 desde que se publicó el 13 Octubre, 2010 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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