Juan Jiménez

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nos acaba de dejar. Una persona de trato exquisito y un gran poeta, al que le faltó un reconocimiento a la altura de sus poemas, seguramente porque no sólo era habitante de estas islas llamadas ahora “ultraperiféricas”, sino porque, además, su vida se desarrolló en mundos bastante ajenos incluso a la faramalla académica insular. Cabe decir que quien lo conocía, aún de refilón, pasaba a apreciarlo profundamente en su sencillez, amabilidad y atenta escucha a todos los autores jóvenes que, en algún momento, se le acercaban.

Hace casi quince años dediqué un ratito a Don Juan Jiménez en el viejo blog, hablando de sus poemas y de su fuerte influencia a la hora de afrontar la relación conlfictiva entre escritura poética y territorio; aquí lo pongo más a mano, con el deseo sincero de que descanse en paz mientras su obra sigue su labor de agitación.

Releyendo a Juan Jiménez

Siguiendo instrucciones de mi amigo Daniel Barreto, me he puesto en serio a releer a Juan Jiménez. En su momento, primeros años 80, cuando la mítica coleción de poeśia de la Ed. Benchomo editó “Itinerario en contra” el encuentro con la poesía de Juan Jiménez fue un reactivo clave a la hora de plantearnos de manera práctica la relación entre el hacer poético y el territorio, desde una perspectiva no esencialista. Y ello era porque Juan Jiménez es un poeta del Sur.

Sur en Gran Canaria significa (o significaba) tierra seca, de secos tarahales y cardonales retorcidos, de arena seca sobre los plásticos de los invernaderos bajo los que crece el tomate y las gentes se resecan. Juan Jiménez es de ese Sur que ahora tapa un murallón de naves y centros comerciales, pero que aún existe.

Recuerdo la ocasión en que mantuve una conversación con Camilo Sánchez, otro hombre de ese sur, que llegó a alcalde con el flujo de aquel movimiento asambleario que galvanizo las islas para acabar sumergido y quieto en el estanque nacionalero vigente. Estaba Camilo encendido como un fósforo a cuenta de un problema con la administración central, y nos dijo a Fernando y a mí con voz de trueno: “A mí mi madre me parió en una zanja en los tomateros”. Juan es de este tipo de gente: trozo de tierra que anda y habla y lucha y canta.

Y Juan es un poeta de una coherencia envidiable. “Itinerario en contra” recoge su obra de 1966 a 1975, y después sólo publicó un pequeño poemario titulado “Epígramas”. Y ya está. Dijo lo que tenía que decir, y ante el riesgo de andarse repitiendo o de convertirse en un cortesano de nuevo cuño, guardó silencio. Una lección para todos los que escribimos poemas, siempre en riesgo de caer en la verborragia intrascendente o en esa “poesía del silencio” que, con sabrosas excepciones suele consistir en hacer como que no se quiere decir algo cuando no se tiene nada que decir. Algo muy cercano al silencio cómplice.

Y en eso estoy, encantado, releyendo a Juan Jiménez, poemas como estos:

Somos dos seres solos por amor, dos solos.
Dos suspiros gritando.

Por donde vamos a salir, por donde.
Somos dos y seremos
más. Pero siempre enjaulados.

Para siempre enjaulados.

Es necesario decirlo gritando.
Somos cantos rodados, labios del sol.
Las piedras que el barranco
levanta contra el aire.

Los que nunca llegan porque estamos solos.

Los perseguidos, los ilusos.
Los que no se detienen.

pero siempre enjaulados.

En este tiempo el campo
siempre estuvo vacío.
Entre tu rostro y el
rostro mío
no galopa el agua ahora.
Sólo el barranco ardido.

Entre tu rostro
y el
rostro mío
está el barranco hundido.

Tu cuerpo arriba eres el cielo y das que tienes
un largo olor de millo rebosando.
Bajo tu falda
el mes de mayo es hembra.

Es hoy el primer día del verano
y mayo
queda en ti, clavado
contra tu frente,
clavado a pedazos contra tu frente
como el dolor de amar cuando se ama
después de mucho tiempo.
Pero para nosotros no.
Ni nunca eso.
Ni tú ni yo estamos para olvidar
que al tiempo muerto va a yacer la hora
la hora y el día entero, el hombre
y su mujer,
la cabra, lo otro y lo otro, y la mirada
más alta.
Y, más al sur de nosotros, el deseo
y el olor del azufre, el tomatero
y el ron
quemado, ronde rones mi señor proletario.
para nosotros sólo de noche el mar viniendo de la tumba, doblando
guitarrón y metalúrgico.

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