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José María Millares en la memoria

Ayer fue incinerado uno de esos poetas increibles y escondidos que a veces brotan en estas macahacadas islas, José María Millares. De Millares hablamos aquí hace poquito a raiz de la reedición de su imprescindible “Liverpool”, cuya lectura creo que debería cambiar la perspectiva que se suele enseñar sobre la poesía de la postguerra. De la iniciativa de, entre otros, Millares y su hermano Agustín (otro imprescindible) surgieron también las Planas de Poesía, que eran un chorro de aire limpio en lo más duro de la dictadura franquista, y fue partícipe de la Antología cercada, con la que un puñado de poetas canarios se adelantó a lo que después se conocería, a nivel español como “poesía social”.

Hace pocos meses Millares visitó el colegio de mis niños, donde un grupo  de alumnos había estado trabajando sobre su poemario “Sillas”, y, según me contaron, seguía siendo, a sus 88,  un hombre afable, lúcido, buena gente. Tan buena gente que casi esperan a que se muera para darle el premio Canarias de literatura, que con tanta “generosidad” se ha concedido en otras ocasiones.

Aquí pueden leer una de sus últimas entrevistas.

Aquí les dejo el poema que cierra Liverpool (1949). Habla el poeta:

El Numero 2

A las dos de la mañana,

cuando incendien los principios del hombre los caballos

muertos de las estrellas,

cuando mis manos desentierren las palabras de los cielos que

han callado

dulcemente en el ombligo de los niños,

cuando dejen de bostezar los pechos de una joven sin marido,

cuando los ríos turbios de la sangre dejen de hollar un lecho

de agua fría,

cuando desentierren sus memorias de unos ojos, de unos

labios, de una vida,

los hombres que se incrustan en las esquinas

despreocupadamente

a las dos de la mañana;

cuando mueran sobre el aire las palomas, las estrellas , los

suspiros,

cuando yo busque en el rincón de unas alas mi propio

corazón desnudo,

cuando hacia mí la tierra se despliegue para darme su

fruto sazonado,

cuando en mi boca se hunda la palabra de mi sangre,

la hora que se pudre bajo mi carne, a las dos de la mañana.

Ah, los muñones sangrantes de los jóvenes combatientes,

muertos ya bajo las horribles fauces de las trincheras que

se abren a la media noche,

bajo el amor que chorrea en el barro duro de las uñas que

muerden la cabellera espesa

de los más largos años de la vida.
.

¿Y dónde el alba y el surco verde, dónde,

y la dulce azul geografía de los horizontes que no llegan,

y la ternura caliente de unos pantalones cortos, desnudos

en mis rodillas de niño que se ha muerto,

cuando mi boca punteaba la seda dulce de los brazos de

mi amada.
.

Sí, a las dos de la mañana, señores,

ha muerto un gato negro bajo mis axilas,

ha muerto mi vida en el hueco de unos zapatos, junto a

una ventana,

y por ella, señores, por ella

se han ido las mejores palabras de mi vida,

m is piernas de aire azul marino,

y mi tierna camiseta de hilo crudo,

y la callada ternura de los cabellos de una fámula entristecida.

Sí, a las dos de la mañana,

bajo la espesa detonación de unos ojos que saltan ciegos,

ya duros de roer en el aire la palabra que no existe,

los labios que no existen, los corazones que no existen,

a las dos, señores, a las dos,

cuando los hombres se hinchan de sangre

bajo la pesadumbre de los sueños, cuando ya nadie escucha

el horrible desgarro de los tejidos de las almas de los jóvenes

combatientes,

cuando un niño muere sumergido en un beso, a las dos,

como si tal cosa pudiese ocurrir en la vida.
.

Y es precisamente a las dos de la mañana,

cuando a los gallos se les revientan las crestas para cantar,

señores, para cantar.

«José María Millares en la memoria» recibió 0 desde que se publicó el 10 septiembre, 2009 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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