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El sueño de las manzanas

Como he comentado en alguna entrada anterior, llevo una rachita de vuelta a los básicos. Y, como no,aparece Federico.

Yo en mi adolescencia me acerqué a Federico García Lorca desde el entusiasmo y la prevención. Entusiasmo porque es inevitable no volverse loco con esos poemas que uno iba encontrando sueltos en los libros de literatura, en los que se detenían animosos profesores de instituto. Creo que  varias generaciones de poetas empezaron a escribir a golpe del electroshock de dar con sus poemas entre los trece y los quince años… y prevención porque la figura de Lorca ha sido manoseada de todas las maneras posibles.  Los chicos de mi quinta alucinábamos con Poeta en Nueva York, que ya nos hablaba no sólo de la gran megalópolis sino de casi de cualquier ciudad occidental tras el desarrollismo de los setenta, pero Poema del Cante Jondo o Romancero Gitano nos echaba un tanto atrás, yo vivía en Canarias y nos parecía “demasiado andaluz” para nosotros, algo entre extraño y cercano pero con lo que no queríamos demasiadas cuentas, entre otras cosas porque era lo que siempre te mostraban en clase.

Yo tengo que decir que, desde que pude acceder a sus poemas completos, me quedé absolutamente enganchado a Divan del Tamarit, uno de sus últimos libros de poemas, publicado años después de su asesinato. Y siempre que me acerco a él no puedo evitar preguntarme hacia donde habría llegado a impulsar la poesía en castellano un Federico que hubiese disfrutado de un ciclo vital, digamos, normal. Uno, y no el menor desde mi punto de vista, de los dramas de la guerra civil, es la pérdida de todo lo que pudo ser y no fue.  Jugar al “What if?” tiene poco sentido, en general es bastante inútil, pero a veces es inevitable. Y casi siempre triste.
Y de todos las casidas y gacelas de Federico, ah, esta GACELA DE LA MUERTE OSCURA…

Quiero dormir el sueño de las manzanas
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.

No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que haya un establo de oro en mis labios;
que soy un pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.

Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.

Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.

«El sueño de las manzanas» recibió 0 desde que se publicó el 2 noviembre, 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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