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Cien años de Don Gonzalo

Sumergidos en los tiempos de la verborragia, y con tantos poetas levantando la manita a ver si algún nuevo o seminuevo supremo líder ofrece alguna posibilidad de mecenazgo «sostenible», Rojas me sigue sabiendo a fresco, a lenguaje vivo, a sangre fluyendo, a pasión precisa. Aquí les van, a su salud, unos cuantos de sus poemas, para que los disfruten:

Hace cien años nació uno de los residentes más habituales de este blog, el gran poeta de Lebu, Chile, Gonzalo Rojas, poeta ferozmente vivo hasta el último segundo de su agitada vida. Rojas fue un poeta capaz de ligar con la mayor exigencia diferentes tradiciones, desde la frescura de oralidad de sus paisanos, con la agudeza de los epígramas latinos (ese sabor a Catulo del siglo XX), y su profundo conocimiento de la poesía europea, para escribir poemas que, como dice Enrique Winter en este interesante entrada, lo hacen “quizás el más rítmico de nuestros poetas, el que aligeró el lenguaje hacia el baile y el vuelo”. Aligerar, liberar, limpiar el lenguaje de la retórica y de los discursos impostados, eso hacía don Gonzalo, del que nos cuenta Nicanor Vélez que contaba Hilda R. May, retenía en su memoria desde los veinte años y lo asumía casi como una declaración de principios, este pensamiento de Confucio:

Si el lenguaje no es exacto, lo que se dice no es lo que se piensa; si lo que se dice no es lo que se piensa, las obras no llegan a existir; si no llegan a existir las obras, no prosperan la moral ni el arte; si la moral y el arte no prosperan, no acierta la justicia; si la justicia no acierta, el pueblo no saben donde poner su mano y su pie. Así pues, no se tolere arbitrariedad alguna en las palabras. Esto es todo lo que interesa.

Sumergidos en los tiempos de la verborragia, y con tantos poetas levantando la manita a ver si algún nuevo o seminuevo supremo líder ofrece alguna posibilidad de mecenazgo “sostenible”, Rojas me sigue sabiendo a fresco, a lenguaje vivo, a sangre fluyendo, a pasión precisa. Aquí les van, a su salud, unos cuantos de sus poemas, para que los disfruten:

REMANDO EN EL RITMO

Cada lágrima derramada con pasión es un grano de arena robado al desierto del vacío:
Cada beso es una llama para el resplandor de los muertos.

RIMBAUD

No tenemos talento, es que
no tenemos talento, lo que nos pasa
es que no tenemos talento, a lo sumo
oímos voces, eso es lo que oímos: un
centelleo, un parpadeo y ahí mismo voces. Teresa
oyó voces, el loco
que vi ayer en el Metro oyó voces.

¿Cuál Metro si aquí no hay Metro? Nunca
hubo aquí Metro, lo que hubo
fueron al galope caballos
si es que eso, si es que en este cuarto
de tres por tres hubo alguna vez caballos
en el espejo.

Pero somos precoces, eso sí que somos, muy
precoces, más
que Rimbaud a nuestra edad; ¿más?,
¿todavía más que ese hijo de madre que
lo perdió todo en la apuesta? Viniera y
nos viera así todo sucios, estallados
en nuestro átomo mísero, viejos
de inmundicia y gloria. Un
puntapié nos diera en el hocico.


¿QUÉ SE AMA CUANDO SE AMA?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

EL FORNICIO

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras, te
lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía.

MORTAL

Del aire soy, del aire, como todo mortal,
del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas,
pero vuelvo a decirte que los hombres estamos ya tan cerca los unos de los otros
que sería un error, si el estallido mismo es un error,
que sería un error el que no nos amáramos.

«Cien años de Don Gonzalo» recibió 0 desde que se publicó el 17 Diciembre, 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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