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Celaya y yo

Bueno, vamos a empezar calentitos la temporada…

Se celebra el centenario del nacimiento de Gabriel Celaya, considerado una de las grandes referencias de la poesía social de los 50, y cuyo poema “La poesía es un arma cargada de futuro”, una vez musicado por Paco Ibañez, fue, en su momento bandera, más allá de la calidad literaria de sus versos. El poema trascendió, fue, como dije, más allá, hasta convertirse su título en un tópico, una muletilla del gremio…

Y bien, tengo que decir que mi relación con Celaya, es, por ser educados y no sé si a mi pesar, conflictiva, porque le debo al poeta mi primer encuentro con el racismo. Y me voy a explicar.

Tenía yo entre 13 y 14 años, vivía a aún en Cádiz, cuando encontré en la biblioteca de mi colegio -una magnífica biblioteca, muy bien alimentada-  un libro de Gabriel Celaya, autor cuyo nombre conocía entonces gracias a las canciones de Paco Ibañez de su “En el Olympia de París” (ya, ya lo sé… uno:  ya apuntaba maneras de enteradito tan pronto, dos: estoy mayor…). El libro se titulaba “Canto en lo mío. Rapsodia euskara, baladas y decires vascos”, colección Auñamendi, 1973.

Decía que aquel libro, a mis 14 años, fue mi primer encuentro con el racismo. Porque sus poemas eran un canto a lo vasco, y a la raza vasca, a sus valores y virtudes, canto en el que, ya de paso, se menospreciaba a castellanos y andaluces, tan extáticos y secos unos, tan dados a la fiesta los otros, ya se sabe… Bueno,en lo del canto a la etnia, no es mi rama por así decirlo, pero que cada cual cante aquello que le entusiasme; en aquel momento, la verdad, yo no tenía ninguna construcción muy cerrada sobre el “problema vasco”, demonios, esto era 1977 y yo  un pibe con cuatro pelusas en el bigote… así que la exaltación patriótica me llamó la atención, pero nada más… el problema es que Celaya, como decía,  no se limitaba a cantar las glorias euskaras; no podía hacerlo, como es natural en todo nacionalismo, sin buscarse un contrario, sin la construcción de un oponente.

Y uno de los oponentes de la poética nacional de Celaya resultaban ser los poetas andaluces, a los que en su “Noche de Zugarramurdi” dedica el siguiente fragmento:

(…) y acuden los cantores más ilustres
exhibiendo sus culos andaluces.
Es la gracia del Sur, la verborrea
y el verso que menea las caderas.
A título de imagen, el piropo,
y a falta de belleza, mucho adorno.
¡Vean, vean la lírica bonita,
andaluza, cobarde y señorita!

Bueno, no nos enfademos tan pronto; asumamos que se trata de un cruce de espadas poético contra ciertas tendencias literarias a las que Celaya se oponía en aquellos entonces. También un poco más adelante se mete con los garcilacistas, aunque no con tanta saña, hay que decirlo. Vale, dejémoslo en pleito de poetas con la pluma caliente…y una lectura más bien entre pobre y moserable de Juan Ramón Jiménez al que maltrata de manera injusta.
Pero un poco más adelante en el poema “El martillo y la paz” nos canta el poeta:

Cuando un vasco no es motor,
cuando no tiene en las manos un arma para luchar,
para ser o trabajar
se siente menos que humano
y llora su dignidad

Muy bien, muy bonito todo (si bien leído desde el conocimiento de lo que vino después, no puedo evitar que esa ansiosa necesidad del arma me resulte especialmente siniestra); a mí me gusta que la gente sienta orgullo de su tierra y sus vecinos, feo estaría, pero aquí no se detiene el poeta y en contraste con tan heroicos norteños…

y allá en el Sur los flamencos,
los enanos asexuados que gorgotean y bailan

Carajo, que le habrán hecho a Celaya los flamencos que bailan… qué tendría contra el baile este buen señor, que, claro está, nunca debió leer la “Memoria del flamenco” de Félix Grande y contra ese sur al que aplica una mayúscula que acaba resultando sospechosa… como apuntando a su enemigo imaginario, ese del que venían los oscuros maketos, morenos, cetrinos, casi negros… ya se sabe: los hombres de verdad no bailan.

Y alguna perla más dentro de la exaltación lisérgico-patriótica del poeta, nos dedica a los sureños en su Rapsodia. Bueno, recuerdo que mi padre, cuando ojeó el librito, subrayó en rojo los versos anteriores, y se negó a que lo devolviera a la biblioteca escolar, que, por cierto, no lo reclamó nunca para mi alivio entonces… ahorita lo tengo aquí, en mi mesa, recién traído de Cádiz.

Y es por esto que, desde siempre, cada vez que me ensalzan a Celaya, poeta social,tuerzo el gesto, y por lo que nunca he podido afrontar sus poemas de una manera objetiva, porque cada uno sabe (o debería saber) qué alimenta con sus versos.

«Celaya y yo» recibió 3 desde que se publicó el 1 septiembre, 2011 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Pues con aquello de “que trabaja con otros a España en sus aceros” tampoco es que se redimiera porque se fue al otro extremo. Encima hizo que las últimas estrofas sonaran a pegote en un poema que ya era magistral en sus seis primeras estrofas.

  2. pues es un verso muy celayano, creo yo. A Celaya, por lo que le he leído, le fascinaba la industria pesada, los altos hornos, los martillos… creo que los identificaba con el carácter duro y emprendedor que formaba parte de su visión de “lo vasco”, junto con la visión idílica de la la aldea. Ese punto varonil de la industria de obreros musculosos muy propia de la imaginería, no sólo soviética, de la época.

    Y creo que no fue el único que de algún modo compatibilizaba su cosmovisión nacionalista, con esa idea muy norteña que refleja tan bien el dicho asturiano: “Asturias (pon aquí “el Norte”) es España y lo demás tierra conquistada”.

  3. Entiendo vuestra perspectiva. Pero en unos versos dice algo así como “estos mametos me han engañado”. Y es cierto. Estaba en Donostia muriéndose de hambre hasta que Mikel lo encontró y lo ayudó. Él amó españa en lo más profundo, y españa lo defraudó de tantas y tan diferentes maneras…
    Después vino la muerte y el “homenaje-navajada” que dice Belén Reyes.
    Un saludo.

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