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Arturo Borra observa el campo poético y nos cuenta lo que ve

Arturo Borra es uno de los pocos poetas que trabajan en España con vocación o voluntad de apalabrar sus lecturas críticas sobre la poesía que se está escribiendo en los últimos años en este país. Tengo el placer de conocerlo y creo que es una persona que, sin renunciar al derecho a analizar lo que le rodea, lo hace con voluntad de limpieza en la mirada.

Arturo se ha despachado un texto de lectura obligatoria por clarificadora, sobre el panorama de la poesía española reciente, y sin mencionar un solo nombre, no por miedo a reacciones o rabietas o potenciales venganzas de pobre que son frecuentes en el mundillo, sino porque detectada la enfermedad, ha observado que afecta a todos los diferentes sabores, etiquetas, grupos, etc… que transitan por el agitado (como se agitan las hormigas en un recipiente de plástico al sol) territorio de la poesía.

Arturo trata de ser metódico y paciente y su descripción del vacío crítico, o simplemente de  falta de honestidad en el campo de la poesía publicada en España, es como un berbiquí. La espiral va abriendo el agujero circularmente,repitiendo y ahondando el movimiento, marcando el giro analítico que le hace llegar a las conclusiones clave, que, ya anuncia con un potente arranque de partida:

En una época marcada por el escepticismo la crítica resulta sospechosa. El campo poético no escapa a ese estado de ánimo. Al menos en el contexto español, la crítica mutua de textos y prácticas poéticas se ha tornado algo completamente excepcional. La incomodidad de los cuestionamientos ha cedido a las conveniencias. No es de extrañar la ausencia de una «sociología del campo», como no sea la que se hace a menudo salvajemente, de forma anónima, reafirmando su resistencia a exponerse ella misma a la objetivación que practica con respecto a otros. Como diría Bourdieu, los objetivadores se resisten a ser objetivados, en tanto participantes del campo. Toda su autoridad mística se derrumbaría en su reenvío a una posición específica dentro de una trama de relaciones sociales de poder; en vez de la presunción de unos “evaluadores imparciales y desinteresados” (al modo de jueces implacables) nos toparíamos con unos jugadores más (parte del juego que juzgan), atravesados por apuestas específicas, basadas en valores y sentidos más o menos argumentables pero de ningún modo vinculantes (1).

Tampoco es de extrañar la desaparición casi total de una «crítica literaria» relevante. Es cierto que podrían señalarse algunas valiosas iniciativas en sentido contrario, pero eso no es óbice para reconocer el penoso “estado del arte” no sólo ya de la crítica especializada, sino también de la «crítica» en tanto operación específica de lectura. La primacía de las “reseñas literarias” más o menos elogiosas es de por sí ilustrativa; apenas si es concebible que alguien cuestione de forma abierta un texto poético sin que inmediatamente surjan los presupuestos de su “mala fe” o “enemistad” con respecto al autor de los textos cuestionados. La creación poética, concebida como atributo del yo, queda sustraída de la posibilidad de un análisis capaz de determinar sus límites. La crítica convertida en herejía es significada como una acción doblemente ofensiva: como ataque personal y como acto humillante a quien la recibe. No deja de ser paradójico que, en un contexto así, esta desaparición pública conviva con la proliferación de injurias y difamaciones privadas.

Es cierto que el reproche es previsible: ¿por qué no nombrar a los responsables de esta situación ruinosa, suponiendo que los conocemos? ¿No deberíamos ser más osados, señalando con nombre y apellido a esos grupos de poetas, periodistas, editores y críticos profesionales que han convertido el campo poético español en una meseta en la que la condición de existencia es la rigurosa elusión del ejercicio abierto de la crítica? Semejante reproche, sin embargo, se apoya en el presupuesto metodológico de que es posible depositar en unos sujetos determinados la responsabilidad central, sino exclusiva, de esta situación (diferenciable de forma clara de casos específicos de corrupción, nepotismo, favoritismo o cualquier otro acto jurídica y éticamente ilícitos). La «inculpación» de unos individuos y grupos específicos, sin embargo, deja sin explicar por qué esta ausencia tendencial de intercambios críticos rebasa de forma evidente las fronteras de esos individuos y grupos. O, en otros términos, no da cuenta de las dificultades compartidas que tenemos al momento de producir esos intercambios.
(…)
La contrapartida de unas afirmaciones genéricas -que presuponen la existencia real de casos diferentes (la regla de la excepción)- es su carácter transversal. Limitarse a la mención de algunos notables como paradigma de estas prácticas no sólo no es un acto especialmente osado: es simplista y, en última instancia, nos impide reconocer la magnitud de un problema que nos implica de una manera más directa.
(…)
En estas condiciones ideológicas y políticas, ¿cabe esperar algo del acto de poetizar y de los poetas? Eduardo Milán lo dice taxativamente: no cabe esperar nada.  Pero “(…) decir o preguntarse «qué cabe esperar» es como creer que hay algo de elegidos -secretamente, en voz baja, murmurado porque carece de prestigio en el mundo real- en los que escribimos poesía y somos poetas. Lo que está en juego hace tiempo es lo humano. Y luego, de ahí, lo mejor de lo humano que puede ser la creación. Pero hay que precisar: la creación de buena calidad. También abunda la mala. En esta época es dominante”

Todo el análisis posterior gira alrededor de estas ideas fuerza, centrándose, es verdad, en los formulismos más asentados en la escena poética española, pero al final la cuestión clave va más allá de la coartada de tendencia: es que unas y unos poetas que han aceptado su solipsismo colectivo, en el que, por otra parte, se sienten precaria pero confortablemente asentados, en su condición lumpenintelectual (qué somos los poetas en la actual industria de la producción de “contenidos” o “de sentidos” si les gusta más. Ya nos lo dijo Simic hace poco.). Asumir cualquier riesgo no ya político, sino apenas estético (aunque soy de los que pienso que ambas son caras de la misma moneda) que pueda dejar al o a la poeta fuera o marginada del circuito de pequeñas (cada vez más) prebendas, becas, premiecitos,referencias, acceso a antologías hechas con los criterios más peregrinos, etc. se convierte en inasumible, y no porque se haya vuelto un ser mezquino, sino porque percibe que la comunidad de los poetas es su comunidad real,aquella para la que verdaderamente escribe, y muy en particular para quienes considera “de su cuerda” o afines, y que fuera de ese pequeño grupo de prosumidores, que diría el viejo Toffler, no hay nada más que el vacío de la anonimia.

La falta de un saber qué utilidad tiene el trabajo poético y para quien es útil (útil, no utilitario de usar y tirar, conozco pocas cosas más útiles que un buen poema), para quien escribimos, es lo que tiene a los poetas circulando como pollos sin cabeza. Y ese engarce de partida es lo que impide un critica que vaya más allá del “nos hacemos unas pajillas” habitual. Cada poeta tiene que averiguar cual es su comunidad real, la pequeña tribu cuyos sueños alimenta con su canto, cuyos miedos expresa y peligros barrunta, victorias -humildes, modestas, personales-canta.

Por otra parte, la crítica presupone, en su función clásica, la existencia de un público, al que se orienta entre la fronda, se anima (o desanima) a leer unos libros u otros, y el público (en el sentido de grupo más o menos uniforme, receptor pasivo y en su mayor parte silencioso) es uno de esos colectivos imaginarios que han desaparecido en los últimos tiempos.

Hace poco he terminado de leer un libro, que en su reflexión final deja dicho algo que perfectamente podría aplicarse a la poesía de nuestro tiempo y que engancho aquí. Una vez perdida completamente la fe en el poder transformador de la realidad de la poesía, el impulso vanguardista, tan rico a pesar de sus derivas y extravíos, se diluye, y sólo queda el juego de palabras o el conservador giro alrededor del ombligo. Pero siempre hay alternativas, aunque no se vean a simple vista, si se escribe desde la honestidad y el atrevimiento:

En los sesenta creíamos en el mito de que la música tenía el poder de cambiar la vida de la gente. Hoy día, la gente cree en el mito de que la música es pura diversión. Ni que decir tiene que el mito de los sesenta es mucho más interesante, si bien no tan efectivo como instrumento de merchandasing,
Stanley Booth, La verdadera historia de los Rolling Stones.

«Arturo Borra observa el campo poético y nos cuenta lo que ve» recibió 1 desde que se publicó el 14 Mayo, 2013 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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  1. Muy interesante el análisis. Lo que no se puede desconocer es que existe un movimiento, más allá del entorno editorial, donde la crítica sí se practica abierta y crudamente, y rinde sus frutos: ayuda enormemente a mejorar la calidad de los poemas.

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