Islas en la Red

Más de 10 años de poesía en la red

Ruido 3: Artes decorativas

Unas notas intrascendentes y sin ganas de pelea sobre la iniciativa de plantar versos en los pasos de peatones de Madrid. La poesía, uy, perdón, la poetry en la calzada.

Desde luego, lo que no se puede negar es que la entrada de la poesía ( o al menos de una “nueva poesia joven”, o “poesia selfi” -ojo: marca aún no registrada, como dijo aquel “estamos trabajando en ellou”- alimentada por algunas de las editoriales más potentes en España) en la industria de los contenidos (hablar de industria cultural me parece darle a todo esto más peso del que merece), nos está dando buenos y divertidos momentos, y generando polémicas no sé si más llamativas que interesantes.

La polemiquita del verano en el campo de la poesía (mientras no paramos de recibir noticias estremecedoras y de olfatear los aires de la próxima crisis) ha venido de una preclara iniciativa del ayuntamiento de Madrid: llenar 1.100 pasos de peatones de versos -los sitios ideales para pasar mirando al suelo- en diferentes distritos de Madrid, y las reacciones que la ocurrencia ha podido generar. Versos al paso, se titula la iniciativa abierta a cualquiera: hay tanta y tanto poeta escondido esperando ansiosamente una oportunidad para compartir sus versos con la comunidad… si bien me consta que se han pedido aportaciones a poetas digamos, reconocidos. De ahí surgiran miles de versos en el piso, decorando (no se me ocurre otra palabra mejor) los pasos de cebra. Vale, vamos a ver si consigo explicar las sensaciones que la ideaca me produce. Tiene que ver con vuelta de la poesía como arte decorativa, algo que sirve, básicamente, para acompañar bodas, bautizos y comuniones.

Yo he leído poemas en bares alguna vez, y gracias a compañeros más veteranos que yo, no lo he hecho en manifestaciones callejeras, porque tuvieron la lucidez de hacerme entender, con apenas 18 años, que en una manifestación en un encierro, en cualquier forma de lucha, lo importante es la causa, y con ella quienes la pelean, y que no conviene confundir o que se confunda tu solidaridad con el afán por lucir voz y ego ante un público “cautivo”. Sobre los bares, qué decirles, cuando he participado en alguna actividad de este tipo siempre he tenido la sensación de que estaba interrumpiendo la conversación de alguna pareja que se había refugiado en la sala sólo para poder hablar en un entorno agradable y discreto. En algunos bares he sido beneficiario de un silencio y una atención que no podría pagar ni dejar de agradecer; en otros se sentía en ruidillo por debajo de la fuerza de la megafonía, y, ya les digo, no podía evitar la sensación de que el invasor, el que molestaba la charla ajena, era yo.

Ya se que los bares de “poetry jam” (hemos buscado un palabro en inglés porque cualquier traducción al castellano nos tiraría para atrás, propongo uno: maratones poéticos, ¿qué tal? Poco estimulante, ya sé… ) se han puesto de moda como rabiosos puntos de encuentro para la poesía emergente y otas cosas, y que durante los años más duros de la crisis, muchos poetas estuvieron presentes megáfono en mano, diciendo sus poemas en encierros, manis, concentraciones, con la mejor voluntad… pero no sé, déjenme decir que no son espacios en los que me sienta a gusto leyendo en voz alta mis poemas, tratando de imponerlos sobre el ruido. Qué quieren, como dice mi madre “ca uno es ca uno”.

Tanto la eclosión de la poesía selfi, como de iniciativas como la del ayuntamiento de Madrid, parten de la base de que “todo es poesía”, que “la poesía está en el aire”, que todas y todos llevamos “un poeta en el interior”, al que, por supuesto, no le hace falta leer poesía, saber que se ha escrito antes de él, y menos aún, leer sobre poesía o aprender algo. Para qué. Voy a repetirme -esto ya lo he dejado por escrito unas pocas veces-, pero, como dice el anuncio “permitanme que insista”: la poesía, ay, no abunda, muy por el contrario, es muy escasa, casi un milagro, si entendemos por poesía un lenguaje que trasciende, una manera de decir que va más allá del lenguaje y nos atraviesa íntimamente y supera su tiempo, su lugar y circunstancia, aunque de ahí brote de manera inevitable. Lo que abunda hasta la asfixia son los poemas, las (curioso plural) poesías. Y esa abundancia no me parece mal en principio, porque de ella, como los Curie con las montones de pechblenda, tal vez se pueda extraer ese fogonazo que nos desequilibra, ese elemento radioactivo por el que las y los poetas nos quemamos las pestañas: la poesía. Pero, en todo caso, lo primero que hay que saber es distinguir la pechblenda del radio.

Hace años me encontré con una iniciativa en las guaguas gaditanas que me llamó la atención: en alguna de sus paredes podían leerse poemas. Y estaba bien, porque alguien se había pegado el trabajo de seleccionar versos de autores del Siglo de Oro, que aun reverberan (ya se sabe lo que aguanta en el tiempo la radioactividad). Aquello me pareció un intento honesto de transmisión cultural. Aunque para la gran mayoría de los viajeros fueran invisibles, aquellos poemas podían irradiar a alguien y hacerle buscar más. Ir más allá. No me parecian mera decoración en un espacio en el que, inevitablemente, las personas están (más o menos) quietas y tal vez disponibles para encontrar algo. Años más tarde, en esas mismas guaguas aparecían versitos lamentables en las pantallas, en la línea de autoayuda cursi a la moda, entre anuncio y anuncio. Ay.

Pienso en la iniciativa municipal madrileña, abierta, claro está, a la “creatividad colectiva”, que ya será filtrada por alquien, porque no hay paso de peatones, siquiera en Madrid, para tanta y tanto poeta, y me pregunto… ¿Es el piso (el suelo, la calzada) el sitio ideal para un poema, unos versos? Ni siquiera es una pared. Normalmente no miramos el piso al caminar, y en un paso de peatones estamos más pendientes de que no se nos lleven por delante que de otra cosa, bueno, ahora de eso y del móvil. ¿Qué pasa si uno de esos versos, pongamos, me impacta y me deja necesitado de detenerme con calma, de saborear cada palabra? ¿interrumpo el tráfico, me juego la vida?

Más allá de las fotos y la consiguiente campaña en redes sociales loando el buen rollito del gobierno local, que repasaremos apresuradamente en el mencionado teléfono móvil… lo normal es que los versos galardonados con tal honor, sean invisibles o una parte más del ruido urbano, lleno de estímulos que pelean por el escaso bien que es nuestra atención. Los versos en los pasos de peatones – incluso seleccionando textos de grandes poetas- me parece que los convierten en el mejor de los casos en mera decoración urbana. Y la verdad es que la iniciativa no me da ni para cabrearme, no me llega más que a un bufido de “puff, una tontada nueva”, llena, supongo, de buenas intenciones, destinada al olvido casi inmediato sustituida por alguna más nueva. Mayo asoma…

Pero sí ha habido quien se ha enfadado, y el artículo “Carmena, no llenes Madrid de poesía de mierda”, de Lorena G. Maldonado, circuló por las redes generando polémica, acuerdo, desacuerdo y calentura a su paso. Me llamaron la atención en particular enfadadas reacciones basadas en que, ah, alguien detectaba el nefando pecado de elitismo en el texto de Maldonado, por demás lleno de una sana mala leche, que, como suele pasar con el contacto con esa sustancia, escuece.

El debate sobre el elitismo y cultura “de la calle”, es viejo y recurrente, acuerdense del proletkult en plena revolución rusa. Yo al respecto siempre comento que Miguel Hernández era un pastor de cabras, y que ese pastor de cabras escribió algunos de los poemas eternos del siglo XX español, y que tal vez por esa condición humilde, nunca menospreció ni su arte ni a sus receptores, nunca pensó que los hijos del pueblo mereciesen poemas de menos calidad o menos complejos que la élite exquisita y supuestamente bien formada. Y pienso en los estupendos talleres de poesía que se organizan por poetas que ofrecen su dedicación y tiempo en pequeñas bibliotecas de pueblo y de barrio, y creo que si de verdad se quiere fomentar la poesía, se pueden hacer dos cosas menos llamativas pero seguramente más eficaces que convertir los versos en algo que la gente pisa sin mirar: a) cuidar el sistema educativo, para que las personas aprendan a leer y a desarrollar su gusto y su criterio, y b) apoyar esas iniciativas locales que se desarrollan con escaso apoyo en bibliotecas públicas, asociaciones de vecinos e incluso prisiones que tratan de ir más allá de la superficie, de la poesia como mera decoración.

PS:En una conversación con una amable lectora, surgió una alternativa a la peligrosa publicación de versos en los pasos de peatones, afectando al tráfico peatonal y rodado: los baños públicos, espacios mucho más seguros, que promueven el recogimiento y con una larga tradición como espacio de lectura. Alguien dirá que se trata de espacios indignos para la poesía después de haberme metido con los bares (la propuesta podría ampliarse al sector privado, qué mejor que unos versos donde descansar la vista mientras se hace cola para acceder al mingitorio de la disco). OK, acepto la critica, aunque piense que a la poesía nada humano le es ajeno y hay una muy digna tradición de poesia escatológica.

«Ruido 3: Artes decorativas» recibió 0 desde que se publicó el 17 septiembre, 2018 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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