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A vueltas con la poesía postadolescente y II

Hay que respetar las palabras,los hechos, los sentimientos y, si uno quiere hacer arte, el arte. Esto es algo que debemos hacer todos, no es un mensaje arrojadizo a los poetas postadolescentes de alguien mayor y enfadado permanentemente con el mundo, sino a todos los que tratamos de construir algo hermoso y noble con nuestras palabras, igual que otras personas lo hacen con barro o con colores o con notas musicales o con chatarra. No hay que olvidar esta cita que nos regaló Germán hace un par de años, de Rafael Sánchez Ferlosio: “…primero llega la Fealdad, luego la Estupidez y finalmente la Maldad”. Tengamos cuidado. La maldad, ya lo vemos estos días, no está lejos.

En los dás transcurridos entre la primera “a vuetas” y esta, vio la luz la anunciada segunda parte de 50 kilos de adolescencia 200 gramos de internet, de Unai Velasco. De su primera parte apenas hablé hace unos días y es un trabajo que merece una lectura atenta. Ahí, Velasco hace una descripción a fondo de cómo ha ido surgiendo el boom de este tipo de poesía para adolescentes que no lo son (esa es mi teoria, rebatible, supongo, facilmente). Parte de un acercamiento a lo que ha sido el panorama de la escritura y edición de poesía en España hasta este nuevo advenimiento. Es fácil estar de acuerdo con él en su análisis de una actividad que a lo largo del siglo XX había ido asentándose, de manera más o menos resignada, en los márgenes no ya sólo de la economía general, sino de la propia actividad cultural. En esos márgenes, hay que decirlo, hay gente que se ha buscado un buen asentadero en su condición de prescriptores casi ineludibles a través de los jurados de los concursos de poesía que trufaban (al menos antes de la crisis) el territorio nacional (de todas las actividades culturales que un ayuntamiento, una diputación, o una fundación cultural de caja de ahorros puede organizar, un concurso de poesía es de los más baratos, bastante más económico que la contratación de, por ejemplo, una banda tributo de Deep Purple, y, si se mueve bien, con mayor repercusión mediática). Junto a esto, un ejército de valientes se han jugado sus escasos cuartos para crear editoriales más o menos estables y algunas con un catálogo encomiable, siempre viviendo en el alero. Y en esas estábamos cuando llega la segunda ola de internet (los blogs) y la tercera (las redes sociales) y alguien de fuera del “espacio tradicional de la poesía” detecta el fenómeno de los poetas postadolescentes en la red y lo convierte en papel con todo éxito, y fuera del control de la oficialidad y de la oposición, por así decirlo… a que jode. Esta debió ser la cara que les quedó a las discográficas, salvando las inmensas distancias, cuando aquellos aparecieron con el itunes.

Algo así cuenta Velasco en la primera parte de su trabajo, pero mucho más documentado (es admirable, entre otras cosas por la paciencia que muestra) y en la segunda parte ya entra en la búsqueda de culpable de que este tipo de poesía mala, sí, mala, con las cuatro letras una detrás de otra, llegue a triunfar de esta manera. A que llamo poesía mala (opinión personal y transferible): a poesía de forma amorfa y sin riesgo, de contenido simplón, previsible -esto es, que leyendo el primer verso puedes adivinar los siguientes sin gran esfuerzo- llena de tópicos (aquí en los tópicos podríamos hablar de un proceso del que ya comenté su existencia en El poeta en la ciudad digital en 2010: la poesía de sabores: cada tribu con sus tópicos y sus palabras fetiche) y sentimental de cabeza hacia lo cursi. Sobre el sentimentalismo en poesía y el rechazo visceral al ejercicio de la crítica de la exhibición de vísceras, “cómo vas a criticar aquello en lo que he volcado mi alma, que he escrito con las tripas”, hablamos un poco después.

Velasco realiza en la segunda parte de su trabajo una labor detectivesca. ¿Tiene la llamada escuela de la “poesía de la experiencia” la “culpa” de la manera de escribir de esta nueva hornada? ¿Son sus padrinos, o algo así? y llega a la conclusión de que “de entrada no”, entre otras cosas porque parece evidente que la mayor parte de estos nuevos autores no han leído la obra de los García Montero et al (ni, aparentemente ninguna otra), aunque sí vislumbra una adaptación de la “oficialidad” al nuevo panorama en el que, siguiendo las pistas de Velasco más parece que los viejos quieran aprovechar el potencial crecimiento de lectores (y ventas) generada por esta nueva ola, que los nuevos buscando padrinazgos; una alternativa, hasta cierto punto inesperada, en la forma tradicional del juego del canon contemporaneo.

En mi opinión el discurso dominante en la poesía española desde los años 80, representado por la llamada “poesía de la experiencia”, en cuanto promotora y perpetuadora de un tipo de discurso concreto alrededor de la poesía: poesía para esa temible abstracción que es el “hombre común” -concepto que me produce urticaria-, alejada del riesgo y de la experimentación verbal (esta escuela ya fue en su momento analizada a fondo en el demoledor ensayo “Poesía y poder”, del colectivo Alicia Bajo Cero) tiene cierta responsabilidad sobre la manera de escribir de los que podríamos considerar sus “nietos” (sí, amigos, como pasa el tiempo) más que sus hijos, y de ahí la fácil “integración” que ya detecta Velasco. Pero no es la única suspechosa. Algo tendrán que ver los poetas del coloquialismo “hard” tipo “nos vemos en los bares”, aquellos que leyeron a Bukosvki y se quedaron conque se podía decir “polla” en un poema (jo, tío, he escrito polla en un poema, qué malote soy) y que formalmente venían a ser el “reverso tenebroso”, la poesía de la “experiencia chunga”, y todo aquellos que hemos aplaudido poemas infumables porque iban “en la línea de la lucha” o “alumbraban el conflicto” o hemos puesto cara de concentración absoluta atendiendo místicas paridas que sabíamos vacías porque procedían de alguien de nuestra tribu. De algún modo hemos ido siendo cómplices de un proceso de banalización de la poesía, y tal vez antes de lanzarnos a degüello sobre los poetas youtubers -openmikers y sus lánguidas fotografías (la selección de fotos de la parte I del texto de Velasco es para no perdérsela), los más veteranos deberíamos pararnos a pensar qué hemos hecho y qué hacemos. Aquí lo dejo.

Una de las cosas que más me fastidian del discurso poético postadolescente (suponiendo que existiera como algo deliberado) es el rechazo a la crítica y la reivindicación de la “sinceridad sincera de la muerte”: “X ha escrito una descarga de sus sentimientos más sinceros” Puffffffffff. A ver, campeones y campeonas postadolescentes o no: la sinceridad cruda puede ser un valor en sí mismo en unas memorias (lo cual también considero dudoso: a veces no hay mayor ni mejor narrativa de ficción que unas memorias); en un texto de creación: un poema, un cuento, una novela, la sinceridad puede ser ( o no) una parte de la receta que utiliza quien escribe para transmitir lo que quiere, con arte. Entiendo por arte la deliberada manipulación del objeto de ese arte, en el caso de la poesía, las palabras, para conseguir ciertos efectos que van más allá de lo que se podría conseguir con un folleto, un manual de autoayuda, o una confesión ante el juez instructor. La “sinceridad” no sostiene un poema por sí mismo, esto es una mala asimilación de cierta poesía norteamericana que se basa en eso, pero también en una estricta economía del lenguaje y su fuerza. Y si lo que tengo delante es un poema, puedo leerlo, y puedo criticarlo. Si tus sentimientos están ahí a flor de piel, lo siento nené. Además perdonen que desconfíe de quienes tienen tantos “sentimientos”. Los sentimentales son un peligro porque degradan los sentimientos, del mismo modo que los memes en las redes sociales (comparte si estás de acuerdo) degradan la verdadera solidaridad. Decía Machado, en su fabuloso ejercicio de poesía-sci-fi, que es la conversación entre el Maestro Mairena y Jorge Meneses, sobre el ariston o la máquina de elaborar coplas automáticas, que no hay poesía ajena a lo sentimental, cabría decir, usando una palabra más “moderna”, a lo emocional: la emoción, el sentimiento que trasciende del ombligo del/la poeta forma parte de la materia prima del poema. Pero eso no es el sentimentalismo; qué es el sentimentalismo lo explica perfectamente Oscar Wilde en dos palabras: “un sentimental es simplemente alguien que desea tener el lujo de la emoción sin pagar por ella” Una forma de cinismo, como el propio Wilde remata. Cuando ves a un joven poeta postadolescente español, seguramente bien vestido y no mal comido, empezando un poema diciendo que “la vida es una mierda”, no puedo evitar que se me levante una ceja y recuerde a esos jóvenes damascenos que, aprovechando un frágil alto el fuego, salen a celebrar la vida en un bar en el que reza la siguiente pintada en inglés: “Es espantoso no vivir”.

Hay que respetar las palabras,los hechos, los sentimientos y, si uno quiere hacer arte, el arte. Esto es algo que debemos hacer todos, no es un mensaje arrojadizo a los poetas postadolescentes de alguien mayor y enfadado permanentemente con el mundo, sino a todos los que tratamos de construir algo hermoso y noble con nuestras palabras, igual que otras personas lo hacen con barro, o con colores o con notas musicales o con chatarra. No hay que olvidar esta cita que nos regaló Germán hace un par de años, de Rafael Sánchez Ferlosio: “…primero llega la Fealdad, luego la Estupidez y finalmente la Maldad”. Tengamos cuidado. La maldad, ya lo vemos estos días, no está lejos.

«A vueltas con la poesía postadolescente y II» recibió 2 desde que se publicó el 1 Febrero, 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Daniel Bellón.

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  1. Clap, clap, clap! Bravo! Demoledor… y aplicable no solo a la poesía postadolescente sino tambiénn a la política postadolescente.

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