La reciente desaparición de Ernesto me ha traído a la cabeza nombres que tenía un tanto olvidados, uno de ellos, José Marrero y Castro. Pepe Marrero fue una persona determinante en mi formación “poética” inicial, editor, ensayista y poeta, que, en un momento dado, optó por el silencio. Antes de hacerlo, dejó escrito un magnífico libro de poemas, allá en el año 82: La transmisión del silencio. Los dos poemas siguientes pertenecen a esa obra, para que se hagan una idea de la voz que decidió callarse. Pero ni el silencio es eterno.

ÚLTIMAS COMPAÑÍAS

Han pasado
las compañías
del último
cigarro
y se han ido
de largo.
.
Detenido
en este cuchillo
de la madrugada,
observo
mi sonrisa
diluirse.
.
Voy con la cabeza
y la voz
en las manos.
.
Con el secreto
a voces
en el rostro.
.
Y todo aquel
que pase,
y se fije
en mi expresión,
deberá saber
que estoy buscando
un sueño
en que posarme.

EL PASEO DE ADOQUINES SORDOS
.
Por este paseo
de hileras de adoquines
sordos,
pasa de cuando en cuando
una lluvia tardia
que viene desde el
monte.
.
Cuando pasa,
moja las gafas
de muchos transeuntes
que, sin inmutarse,
sacan un pañuelo
y las vuelven a secar,
salvo las lágrimas.