Me gustan los poemarios ambiciosos, las obras que arriesgan y llevan la escritura, el decir poético, al límite (Límite cercano a la prosa a veces, otras a la locura). Ya hay poesía sociointimista-coloquialoide o formal-estreñida de sobra en el panorama español. Me gustan las obras valientes, como La Marcha de los 150.000.000 de Falcón, o los poemas en el alambre de Méndez Rubio, o este ESPACIO de Vicente Luis Mora.

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“Abrirse paso a través de la anestesia de la familiaridad es lo que mejor hacen los poetas, y durante demasiado tiempo han ignorado la mina de oro de inspiración que ofrece la ciencia”. Richard Dawkins, “Destejiendo el Arco Iris”.

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ESPACIO parte de una experiencia mística clásica: el encuentro del ser humano solo con/en el desierto. Pero no es un hombre preñado de Dios quien habla entre la reverberación, sino el hombre hueco, deshabitado, el 21st Century squizoid man, atravesado de preguntas (vacíos por llenar).

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Einstein consideró su propia teoría sobre la constante cosmológica como su “mayor metedura de pata”; sin embargo, de alguna manera parece que funciona, porque algo que no alcanzamos aún a ver (Una energía / una materia oscuras) ritma el ritmo de la expansión del universo. Nos determina lo invisible, lo apenas vislumbrado.

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En TIEMPO el poema se extiende a lo largo y ancho de la página: página pantalla. Versos flotantes. Escritura fragmentaria. Inevitablemente. El desierto es un desierto de restos: “células humanas / polvo de otros yermos, / piezas caídas de satélites, / arenisca de planetas muertos / pedazos helados de cometas”.

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El poema se titula TIEMPO: desierto y espacio son palabras ligadas a aquella. La poesía /el arte/ detiene el tiempo o se extiende y con él se confunde. Tiempo detenido o espacio en tensión: desierto. Espacio vacío.

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TIEMPO es un poema-río, un poema exstenso. Algo tan poco usual en nuestras miedosas escrituras. Por tenso, fragmentario, lo cruzan cuentos, lecciones, moralejas, disgresiones, notas colándose por los espacios en blanco que dejan las fracturas.

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Porque el poeta, aún en lo  hondo del arenal, se sabe escuchado, intuye o le es cierto un lector, un partícipe en la conversación con quien compartir aprendizajes y hallazgos: “apunten la imagen, / porque es buena: / lo real nos deja ciegos”.

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El tiempo del poema tiende hacia el definitivo desierto que representa la muerte y, justo en ese punto, una nada apenas en el arenal, el poeta se revira y proclama la tenaz resiliencia de la la vida: “no hay vida / en 500 kilómetros / a la redonda, / pero aquí / justo en el centro, / palpita, / revienta de vida el mundo, / se preña el desierto.”

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El misterio es insoluble. Nos faltan datos, el manual de instrucciones. Somos ignorancia enjoyada cruzando el desierto del conocimiento, surcando la ola del tiempo con la ligereza de un surfero, pero el conteo no se detiene para apreciar el gesto,  la estela dibujada tan brevemente  sobre el agua.

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El libro lo edita pre-textos.

Y aquí el blog del autor.