Hace poquito, un lector muy querido de este sitio me llamó la atención sobre una palabra que utilicé en una de las últimas entradas del año pasado. Se trataba de “aberrunta”, que vendría de “aberruntar”. Aberruntar ( y “abarruntar”, y la más moderna “barrunto”que también aparece) es un arcaísmo presente en el lenguaje campesino isleño, utilizada para referirise a la supuesta capacidad de “adelantar el futuro”, de ver lo porvenir, que tenían las viejas sanadoras y santiguadoras canarias. Se me cuelan en ocasiones expresiones de este tipo en mis textos. A veces es adrede y otras no, otras, simplemente, aparecen porque forman parte de mi habla habitual.

La variante dialectal canaria del español es muy interesante, porque las islas se configuraron como un espacio a medio camino entre el español “de escuela sevillana” y el que se habla (con sus múltiples variantes) en Latinoamérica, cuya características más común es el seseo. En ese viaje de ida y vuelta, Canarias está justo en el “centro” de ambos recorridos. Canarias, tierra de conquista y colonización, vivió un período en el que convivieron sobre el mismo terreno la lengua aborigen (presente en la toponimia y en expresiones relacionadas con el pastoreo fundamentalmente), con el castellano “andaluzoccidental” (de donde venían la mayor parte de los colonos), con la inicial presencia normanda (ah, aquellos nombres de las Islas de las primeras crónicas, casi salidos de una novela de caballerías: Lanzarote, Nivaria, Herbania, Tamarán…) en las islas de señorío (Las islas Canarias se dividían en islas de señorío: Fuerteventura, Lanzarote, La Gomera y el Hierro, cuya administración correspondía a nobles, y que son las que fueron conquistadas inicialmente, e islas de realengo -Gran Canaria, Tenerife y La Palma- cuya conquista fue realizada por la Corona de Castilla, sin intermediarios, y de ella dependían diurectamente), con el portugués (hubo una importante presencia portuguesa en un tiempo en que estuvo en duda la soberanía de las Islas), con las lenguas de los esclavos traídos de Berbería… Manuel Torres Stinga describe breve pero intensamente ese período en su opúsculo “Nuestro léxico diferencial”. A ese magma inicial hay que añadir después todas las palabras que vinieron de América a través de los fuertes procesos migratorios de los isleños hacia sitios tan variados como San Antonio de Tejas, Montevideo, y, principalmente, Cuba y Venezuela.

Del dialecto isleño hay varias palabras, identificadas como portuguesismos que me son especialmente queridas, “magua”, por ejemplo, que viene a significar pena o nostalgia, dolor de ausencia, en un sentido muy cercano a la “saudade” gallega; “desinquieto” para decir inquieto, nervioso. Esta es una palabra que, de algún modo refuerza expresivamente la inquietud que refiere, al introducir esa especie de contradicción en su propio término que el sufijo “des” incorpora… y una de mis favoritas “desalado”: uno está desalado cuando está muy nervioso o asustado por algo: “ese médico me tiene desalada, no me dice claro qué es lo que tengo”. Fíjense bien en la palabra… desalado, a quien han arrancado las alas, y no puede moverse, volar, o también, a quien le han dejado sin sal, elemento básico para la vida… es un hallazgo expresivo popular esta palabra.

Torres Stinga no habla en su breve texto de la fuerte influencia de la presencia inglesa en Canarias durante el siglo XIX y primeras décadas del XX, que hizo que el cuchillo tradicional de aparcero isleño se llame “naife” o que al embudo en Canarias se le diga “fonil”

Recorridos de ida y vuelta, trazos de la canción del mundo que las palabras van dejando por donde pasan, vientos que las barreras no pueden sujetar.