¿Una extraña pareja? Más bien no. Las relaciones entre poesía y violencia política son ancestrales. Sin irnos muy atrás en el tiempo, cabe recordar que que buena parte de las respetables literaturas “nacionales” modernas se inauguran con un poema épico de exaltación de algún héroe guerrero, sobre cuya huella se construyó la correspondiente nación. Un ejemplo al alcance de todos es el Cantar de Mio Cid, o la Chanson de Roland. Poesía construyendo mito nacional alrededor de una figura heroica que se impone al enemigo circundante, al que define por oposición a la comunidad, violentamente y siempre por una buena causa. Otras veces, la poetización de una derrota histórica, la convierte en señal de futura redención, en compromiso de conversión, en victioria futura.

La poesía ha sido muy útil en la construcción de las identidades. Poesía popular a veces, como las baladas revolucionarias irlandesas, o los corridos de la revolución mejicana, otras poesía producida por autores que han dado en formar parte de la “alta cultura” y que cantan el heroismo de la construcción de un imperio, como por ejemplo la famosa “Carga de la Brigada ligera” de Tenysson. Poemas y canciones que cantan derrotas o victorias, que ensalzan la violencia ya consumada o, a veces, en los casos más siniestros, anuncia y justifica la violencia por venir.

Cuando el conflicto estalla en violencia, los poetas también son movilizados; ejemplo claro de ello es la poesía de guerra producida por grandes poetas españoles en los dos bandos de la guerra civil. Como tantas otras personas, a veces el poeta acaba convertido literalmente en soldado, rifle al hombro y, en estos casos, la experiencia de guerra real, no la libresca o imaginaria, cambia radicalmente la visión, el discurso del poeta, centrándolo en el resultado sangriento, en el dolor humano.

La poesía lo canta todo, y la violencia es parte del todo y la violencia política también.

Pero el objeto de esta entrada, en lo que me gustaría pararme a pensar, es en ese momento en que el conflicto no ha estallado en violencia expresa, en muertos, heridos y lisiados. Ese momento en que se puede evitar lo que después se cuenta como inevitable, y en el papel que juegan algunos intelectuales alimentando el odio, utilizando sus habilidades para agitar la ferocidad humana. Tenemos muy reciente el caso de Yugoslavia, donde, como señala el magnífico artículo firmado por Monika Zgustova “El daño en la literatura”, recogido con gran agudeza por Magda Bandera en su bitácora:

“la literatura heroica, nacionalista, de gran tradición en Serbia, halaga al serbio como portador de la fuerza física y la renovación nacional, y que esa literatura ayudó muy activamente al gran resurgir del nacionalismo serbio en los años ochenta y noventa del siglo XX. El resto, ya lo sabemos: los políticos -y hubo entre ellos literatos célebres, como Dobrica Cosic- aprovecharon ese sentimiento nacionalista para llevar a cabo, con el asentimiento de una parte de la población serbia, la limpieza étnica en ese melting pot multiétnico que era Yugoslavia. Mientras escucho los argumentos de los conferenciantes, recuerdo cómo, de niña, en la Checoslovaquia comunista, nos obligaban a leer poemas y novelas llenos de odio contra el enemigo de clase, y cómo yo no comprendía por qué estaba obligada a odiar; y recuerdo haber leído, años más tarde, en una clase de literaturas eslavas en la Universidad de Chicago, poemas llenos de odio de los poetas nacionalistas serbios. Uno de esos poetas, Djura Jaksic, escribió: “Hermanos, ¡meteos en la sangre! ¡Quemad la aldea! ¡Lanzad a las llamas a niños vivos!”.

No sólo en Yugoslavia la poesía ha sido arma de guerra; yéndonos a los oscuros “años de plomo” latinoamericanos, podemos encontrarnos poemas como el del poeta venezolano Alvaro Carrera, capaz de escribir un poema como el que sigue:

FRANCOTIRADOR

Cadencia teórica de tiro: 650-700 disparos por minutos.
Cadencia práctica de un tiro: 60 disparos por minuto.
Potencia del proyectil a la boca del arma: 350 kg.
Potencia remanente del proyectil a 200 m.: 150 kg.

Ajuste del alza: 150 m.
Característica de proyectil: 7,67 de punta hueca.
Cacerina: 20 proyectiles.

El proyectil se desliza secamente
a la recámara.
El selector se coloca en posición
de tiro a tiro.

10, 20, 30 minutos
aperace el blanco,
lentamente encuadrándose el el
vértice del alza y el punto de mira.

El dedo se crispa, cede la falsa caísa
del gatillo, conitnúa… CRAC…
el hombro absorve sordamente el retroceso
del FAL, la mano avanza rápidamente
hacia el selector de tiro y mueve la palanca
a ráfaga.

Se apunta nuevamente sobre el blanco,
encuadre del alza y la mira, respiración
contenida, se baja el arma,
misión cumplida y a comenzar
de nuevo.

Este poema se incluye en la obra “A carajazo limpio”, finalista del premio Casa de las Américas de 1975. Leer este poema tras haber conocido la feroz eficiacia de los francotiradores chetnicks en Sarajevo en los 90, hace imposible no sentir un estremecimiento de pavor.

Pero hay otras formas de violencia alrededor de la poesía, como es la del que, rodeado de un mundo en conflicto, lo acalla, lo silencia, lo oculta. Violencia por la vía de la desaparición,más sutil y efectiva a veces, esa que hace preguntarse al poeta Enrique Falcón cómo es posible que el hambre y la miseria no sean temas recurrentes en la poesía actual, cuando son temas recurrentes y cotidianos en la vida de una gran parte de la humanidad.

Hay alternativas: cuando en medio del conflicto, el poeta se niega a renunciar a lo mejor de su humanidad, a ver más allá del polvo y de la sangre, y alza su voz por encima de las trincheras para recordar la común raíz de todo ser humano. Como cuando Mahmud Darwish, el poeta palestino, en su gran poema “Estado de Sitio”, escrito sobre y desde el sitio de la ciudad Remala (invierno 2001-2002)que el poeta sufrió personalmente , es capaz de decir, sin renunciar a la defensa de su pueblo y a cantar su resistencia:

“Yo o él”,
así comienza la guerra. Pero
acaba en un encuentro embarazoso:
“yo y él”.

y que es capaz de cerrar ese poema lleno de dolor, rabia y esperanza de la siguiente manera:

“La paz es la palabra que atesora el viajero
para el cruce en el camino con el viajero.

La paz es paloma entre dos extraño, zureo compartido
al borde del abismo.

La paz es la añoranza de dos enemigos, que anhelan
bostezar en el andén del hastío.

La paz es el gemido de dos amantes lavándose
a la luz de la luna.

La paz es al disculpa del fuerte ante el
débil de armas -pero de largo alcance.

La paz es partir las espadas ante la belleza
natural, aceptar que el rocío mella el hierro.

La paz es un día plácido, agradable, de pasos
suaves, sin riñas.

La paz es un tren con pasajeros que van
o vienen de excursión por las afueras de la eternidad.

La paz es reconocer públicamente la verdad:
¿qué habeís hecho con el fantasma del asesinado?

La paz es dedicarse a cultivar el jardín
¿qué vamos a sembrar de aquí a nada?

La paz es ahuyentar las pupilas
del zoro que seducen a la mujer asustada.

La paz es el ahhh de un agudo sostenido de moaxaja
en el corazón de la guitarra exhausta.

La paz es la elegía a un jóven con el corazón destrozado por
el lunar
de una mujer, no por una bala o una bomba.

La paz es cantar a la vida aquí, en la vida,
pulsando la cuerda de una espiga.

Traducción: Luz Gómez

O, de una manera más breve, pero igual de imponente, en la voz de un poeta que fue un activo militante de la izquierda alternativa alemana, Erich Fried, cuando canta, y con él los dejo:

Idealista

Para Helmult Gollwitzer

Quien piensa
que el amor a los enemigos
no es práctico
no está considerando
las consecuencias prácticas
del odio a los enemigos

traducción Jorge Riechmann

Me pregunto quienes son los poetas que calientan el espíritu de “martirio” de los terroristas de Al Quaeda. Me pregunto sin son conscientes de su terrible poder, del daño que sus palabras hacen.

A las víctimas de Szebrenica, Bagdad, Nueva York, Madrid, Londres, Líbano, y tantas otras…