Hablando de Tecno Pop y las ediciones cartoneras

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Tras una verdaderamente agitada semana, un ratito de paz y, como dice Ernesto Suárez, de renovación de los votos de amistad y con la poesía el pasado viernes en el Atelier des Fous, hablándonos Carlos Bruno  de lo que se mueve detrás de las iniciativas editoriales cartoneras que se van extendiendo por el mundo y de nuestra Cartonera Island, y, en concreto, de Tecno Pop, esos veinte (y un) poemas de amor a la ciencia, la tecnología y, casi como en resumen, a la imaginación. Un rato verdaderamente estupendo en un sitio cálido y acogedor, resguardados de las lluvias que esta semana han cruzado el archipiélago, y que suelen tener tendencia a quedarse un buen rato en La Laguna.

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Y aquí uno de los poemas que leímos este viernes noche:

Velocidad estelar

Inútil para cantar el sosiego
grito la tensión.

Incapaz para decir el aire detenido
entre el vuelo del gorrión urbano
y la rama seca pero viva donde se va a posar,

imposibilitado
para leer mensajes en las nubes,
la quietud del estanque con su flores,

sólo respiro al mirar las estrellas
que sé que se mueven a velocidades imposibles
en el giro de la galaxia sobre sí

y con ellas la Tierra,
con ella yo.

Al saberme en movimiento,
boliche bailador,
cantan mis nervios,
me nace la risa.

Y recuerden que Tecno Pop está disponible en pdf, en epub y para que hagas tu propio libro cartonero.

Y el viernes que viene

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en el Atelier des Fous, C/Manuel de Ossuna 51 de La Laguna, a la 20.30, estaremos leyendo unos cuantos poemas de Tecno Pop, y hablando de Cartonera Island. Nos vemos…

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Aleatorios 18

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En su “Las palabras de la tribu”, recuerda Valente la frase de Juan de Jáuregui contra la alta retórica de su tiempo: “furor de palabras o sonido estupendo”. Tras todo el siglo XX ¿ha conseguido la poesía peninsular escapar de semejante enfermedad?

De la transparencia a la invisibilidad

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y si estamos en racha de vuelta a los básicos, inevitable Pedro García Cabrera y, en concreto este poema que abre su obra de 1934, Transparencias fugadas, un poemario breve, de una veintena de poemas sobre el aire en movimiento (tan presente siempre en estas islas, llenas de barrancos, cuevas, cumbres y recovecos). Esta misma brevedad era en sí ya una toma de posición frente a lo que llamó el sistema mosaista de los libros abigarrados. Igual que la renuncia al énfasis de las mayúsculas.

Ahora lo releo y no puedo evitar pensar que lo transparente es, por ello mismo, invisible, y la invisibilidad buscada o sufrida es uno de mis temas recurrentes de ahora mismo. Esto es algo fantástico de la gran poesía: que se pega a tu piel y cambia contigo, se tensa o se arruga, o se llena de nuevas manchitas y siempre significa.

Aquí va el gran Poema 1 de Transparencias fugadas:

el aire entraba en mí sin encontrarme.
en el globo cautivo de mi pecho
me contaba las islas invernadas,
las agudas piteras, los barrancos,
los desmandados mares sin adioses.
y persiguí los pozos de las venas,
las galerías de los instintos,
las puertas de las cámaras vitales.
y se marchó de mí sin encontrarme.
yo me hallaba tan hondo y tan espejo
que era invisible al aire.

En el sueño de las manzanas

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Como he comentado en alguna entrada anterior, llevo una rachita de vuelta a los básicos. Y, como no,aparece Federico.

Yo en mi adolescencia me acerqué a Federico García Lorca desde el entusiasmo y la prevención. Entusiasmo porque es inevitable no volverse loco con esos poemas que uno iba encontrando sueltos en los libros de literatura, en los que se detenían animosos profesores de instituto. Creo que  varias generaciones de poetas empezaron a escribir a golpe del electroshock de dar con sus poemas entre los trece y los quince años… y prevención porque la figura de Lorca ha sido manoseada de todas las maneras posibles.  Los chicos de mi quinta alucinábamos con Poeta en Nueva York, que ya nos hablaba no sólo de la gran megalópolis sino de casi de cualquier ciudad occidental tras el desarrollismo de los setenta, pero Poema del Cante Jondo o Romancero Gitano nos echaba un tanto atrás, yo vivía en Canarias y nos parecía “demasiado andaluz” para nosotros, algo entre extraño y cercano pero con lo que no queríamos demasiadas cuentas, entre otras cosas porque era lo que siempre te mostraban en clase.

Yo tengo que decir que, desde que pude acceder a sus poemas completos, me quedé absolutamente enganchado a Divan del Tamarit, uno de sus últimos libros de poemas, publicado años después de su asesinato. Y siempre que me acerco a él no puedo evitar preguntarme hacia donde habría llegado a impulsar la poesía en castellano un Federico que hubiese disfrutado de un ciclo vital, digamos, normal. Uno, y no el menor desde mi punto de vista, de los dramas de la guerra civil, es la pérdida de todo lo que pudo ser y no fue.  Jugar al “What if?” tiene poco sentido, en general es bastante inútil, pero a veces es inevitable. Y casi siempre triste.
Y de todos las casidas y gacelas de Federico, ah, esta GACELA DE LA MUERTE OSCURA…

Quiero dormir el sueño de las manzanas
alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño
que quería cortarse el corazón en alta mar.

No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre;
que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba,
ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que haya un establo de oro en mis labios;
que soy un pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.

Cúbreme por la aurora con un velo,
porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos
para que resbale la pinza de su alacrán.

Porque quiero dormir el sueño de las manzanas
para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro
que quería cortarse el corazón en alta mar.

El zahorí de la isla de las retamas

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Quien haya seguido este blog sabe que siento verdadera admiración por el trabajo poético de Eladio Orta, poeta de voz radicalmente (en el sentido más literal del término) diferente de las tendencias más o menos dominantes de la poesía española de las últimas décadas, en las que  ha ido publicando por goteo sus trabajos más personales: Sincronía del solejero, Traductor del medium, El cangrejo violinista, hasta, en cierto modo, cerrar con el tomo de obras más o menos completas, Terrafirmista.

¿Porqué es diferente Orta? Para empezar,  por la posición desde la que escribe que cabría definir como de “arraigo campesnio crítico”. Orta no juega al urbanita desencantado, es un hombre de los campos de Moguer, con una cultura poética envidiable, pero que sabe donde se agarra su raíz. Y es diferente porque en un contexto de poesía formularia, él hace algo que parece un poco olvidado en las escrituras dominantes: buscar palabras, adivinarlas como zahorí y darles la vuelta, para que limpias, desbrozadas, sirvan para volver a decirnos.

El último libro de Eladio  (él me perdonará, pero sus heterónimos gamberroides Heladio Orta o Amín Gaver, me interesan menos que el Eladio Orta que desde su voz desenmascarada escribe),  es LA ISLA DE LAS RETAMAS, donde sus poemas en prosa nos descubren un territorio mítico, sombrío y solar a la vez, cruzado por personajes como el Tío Timoné, el Poeta de las Retamas, la tía Agustina Ferrol…El Retamal antes de la llegada de los constructores, después superviviente y resistidor.

Leyendo la ISLA DE LAS RETAMAS inevitablemente siente uno la presencia de Juan Ramón, aunque esta isla está lejos del ordenado paisaje campesino que rodea al Moguer de Platero y yo, y tal vez esté más cerca de Tonino Guerra, el gran poeta que rescata el dialecto como lenguaje originario, previo a la construcción del estado, y a la construcción por el estado de la Cultura Nacional con sus correspondientes mayúsculas por supuesto. Eladio es un jodido poeta inútil para la edificación de cualquier tipo de discurso con aspiraciones de oficialidad.  Las palabras que el nos re-descubre no son para eso. Son para alimentsr de realidad lo sueños. Fijense que manera de empezar un libro:

El mar cuando duerme es como un niño pequeño,  calladito en su cuna de mimbre. Pero en la isla encantada todo puede suceder.

Les dejo alguna muestra de LA ISLA DE LAS RETAMAS, publicado, por cierto, por Baile del Sol.

El atardecer de los tres tizones nubló la Punta del Timón de bandadas de pájaros y aves marismeñas que huían del frío que cercaba la Cabeza Alta y buscaban refugio en los retamales interiores. Los cuentacuentos de la Isla relatan que los pájaros son los primeros en barruntar las previsiones atmosféricas. En la época del Paso, en otoño, los pájaros atraviesan el Océano Atlántico buscando climas más suaves. Los días venideros de lluvia los pájaros se retraen y cuando la lluvia se aleja, los cabezos de la costa y los retamales se transforman en un correntío de jilgueros, verdones, luganos…
-Estas desbandadas auguran mal cariz – pronosticó el tío Timoné.

Fragmento de “El atardecer de los pájaros”

EL POETA DE LAS RETAMAS ESCRIBE SOBRE LOS CARACOLES

Una mañana media lluviosa de final de invierno la mocosa de Belén, que abultaba menos que la chiva enana de la cabra colorá del tío Ponche, me dejó en babia.
IDA.
Yo: Belén, ¿a dónde vas con el canasto de huevos?
Belén: Voy al vallado a coger caracoles,
VUELTA.
Belén: Mira, mira, traigo el canasto lleno.
Yo: ¡Pero si son caracoles muertos!
Belén: Sí, yo solo cojo caracoles muertos porque los vivos se me escapan.

Aleatorios 17

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Maestro Vinicius dejó dicho: A vida é arte do encontro. Qué añadir. Tal vez que, por desgracia, sea también doloroso oficio de despedidas.

El tres en el uno

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La interesante revista Fogal ha publicado el texto que dedicó Antonio Arroyo Silva a Ruido o Luz.

He visto un planetario. Se podían observar recreaciones del cielo nocturno de diversos lugares del orbe y en diferentes momentos del año. Allí mismo, donde se asienta este recuerdo, en el 2007, a Daniel Bellón, Ernesto Suárez y Carlos Bruno Castañeda se les ocurrió la feliz idea de hacer un recital de poesía: los poemas debían estar relacionados con el lugar, debían danzar en el silencio de los nombres y de las cosas. Recitar a las estrellas, a esas espectadoras lejanas que quizás ya no existan pues su luz puede tardar millones de años en llegar a la mirada del ser humano. Recitar al posible último estertor del todo. Según la teoría de la relatividad, la localización de los sucesos físicos, tanto en el espacio como en el tiempo, son relativos al estado de movimiento del observador. Y esta relatividad nos trae sorpresas, como veremos.
He visto un planetario en forma de libro de poemas.

Más aquí.

Vuelta a los básicos

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Con Valente:

La corrupción del lenguaje público, del discurso institucional, falsifica todo el lenguaje. Sólo la palabra poética, que por el hecho de ser creadora lleva en su raíz la denuncia, restituye al lenguaje su verdad. He ahí uno de los ejes centrales de la función social (tan debatida y tan poco entendida entre nosotros) del arte: la restauración de un lenguaje comunitario deteriorado o corrupto, es decir, la posibilidad histórica de “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”
(José Angel Valente, Las Palabras de la Tribu – 1955-1970)

No es pregunta de menor cuantía llegar a saber a qué tribu o tribus pertenece uno.

Sigue cayendo

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Ando de relecturas. Supongo que no es mal momento en esta cincuentena, este punto intermedio (ya ven, soy un optimista), pero no puede evitarse algo de miedo a que ojos más afilados, más viejos, y hasta cierto punto más cínicos, no aprecien viejas lecturas que uno consideraba esenciales. Pero, ah, uno se re-encuentra con un fragmento como este de La Casa Encendida, de Luis Rosales, y recuerda, redisfruta, reaprende.

sigue cayendo,
sigue cayendo todo, sigue haciéndose igual,
sigue haciéndose luego,
sigue cayendo,
sigue cayendo todo lo que era Europa, lo que era mío y había llegado a ser más importante que la vida,
lo que nació de todos y era como una grieta de luz entre mi carne,
sigue cayendo,
sigue cayendo todo lo que era propio,
lo que ya estaba liberado,
lo que ya estaba desdolorido por la vida,
sigue cayendo,
sigue cayendo todo lo que era humano, cierto y frágil
lo mismo que una niña de seis años que llorara durmiendo,
sigue cayendo,
sigue cayendo todo,
como una araña a la que tú vieras caer,
a la que vieras tú cayendo siempre,
a la que vieras tú mismo,
tú tristemente mismo,
a la que vieras tú cayendo hasta que te tocara en la pupila con sus patas velludas
y allí la vieras toda,
todo solteramente siendo araña,
y después la sintieras penetrarte en el ojo,
y después la sintieras caminar hacia adentro,
hacia dentro de ti caminando y llenándote,
llenándote de araña,
y comprobaras que estabas siendo su camino porque cegabas de ella,
y todavía después la sintieras igual
igual que rota
y todavía…

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