Un fuego transparente: dos poemas de Elena Garbizu

El jueves pasado tuve la oportunidad de asistir a la presentación de una iniciativa de la editora Aulaga literaria (discreta o fantasmal editorial, con casi nulo rastro en esta red en la que cada vez habitamos más tiempo) titulada “Rumores de ArteMisia”, en la que se conectan cuatro pintoras con tres poetas para producir una caja de tres hermosos cuadernos en la que trabajan bajo una propuesta temática, la de este año: “Atraversar el bosque”. Me sorprendió la sencillez, la calidez y falta de pretenciosidad de las promotoras de un proyecto capaz de producir objetos tan hermosos como esta “caja” al presentar en resultado de su trabajo:

El colectivo de artistas promotoras  lleva tres años desarrollando este proyecto desde Las Palmas,  y debo confesar que no tenía noticia ni la hubiera tenido si una de las participantes de este año no hubiera sido la gran Yaiza Martínez, de quien ya he hablado en alguna ocasión, y a quien la presentación del resultado final  me ofrecía la oportunidad de conocer en persona.

La presentación en la Casa de Colón se trató de un acto sencillo en el que, junto a la lectura de poemas por parte de sus autoras, se podía visitar una exposición de la obra gráfica que los acompaña.

Y en esa lectura me encontré con los poemas (leídos por su madre con una soltura envidiable, Elena está trabajando en Barcelona) de Elena Garbizu, alguno de los cuales me hizo tirarme a por mi libreta, para tratar de retener alguno de sus versos, de verdadero impacto. El cuaderno se titula “Cuento urbano del bosque atravesado”.

Aquí les dejo dos de esos poemas de Elena Garbizu, que son,citándola, como un fuego transparente. Un descubrimiento.

Sant Jordi

La ciudad grita un fuego transparente
pero a to oído llegan latidos
de cien mil rosas masacradas
el mismo único día.
Las fiestas no deben babilonizarse.

Donde vivir es recordar el vértigo a la ceniza
es tan fácil perderse.
La ciudad olvida pronto tu nombre
y solo entonces te sientes a salvo.
Recuerdas la simetría salvaje de los árboles sin nombre
en el silencio fértil de permanecer.
¿A qué sonará la caída de un hombre si no hay nadie cerca para oírlo?

 

Las poéticas invisibles

Tenía en tareas pendientes desde hace más de la cuenta comentar este interesantísimo texto de Arturo Borra sobre las y los poetas que, procedentes de múltiples lugares del mundo, viven, trabajan y, también, desarrollan su escritura, sus poemas, dentro de nuestras fronteras nacionales. Dicho en corto: poetas que viven y escriben en España y que no son españoles (al menos en el sentido esencialista que tanto gusta a algunos, porque muchos de ellos han ido adquiriendo la nacionalidad española con base en raíces familiares a veces y otras por su arraigo y residencia en nuestro territorio, pero que carecerán siempre de los tan necesarios a veces ocho -o al menos cuatro- apellidos).

Titula Arturo a su ensayo como agudeza El sujeto omitido“, por su evidente invisibilidad en los circuitos oficiales (y también alteroficiales) en los que se mueve la poesía española. (No deja de tener su punto que este texto haya sido publicado en una revista literaria canaria, otro sujeto omitido tradicional).   En estos tiempos de antología nueva cada tres meses marcadas por diferentes sesgos (de género, de posición ideológica, de poetas suicidas, de poetas amantes del deporte, qué se yo…) no recuerdo que nadie más allá de Arturo se haya planteado qué están escribiendo estas y estos poetas de la diáspora internacional que han venido a aterrizar en España y que conviven con nosotros. Más allá de los lazos existentes con los poetas procedentes de Latinoamérica, con los que compartimos lengua común, ¿qué sabemos de la escritura de los poetas magrebíes, oesteafricanos (tan cerquita de Canarias), de los poetas eslavos, rumanos, etc…que están residiendo entre nosotros? ¿Hay cruces de influencias, les ha afectado de alguna manera la poesía en español? Pregunta Arturo: “¿Qué sabemos, finalmente, sobre otras poéticas diaspóricas, como aquellas procedentes de India, Japón o China?” ¿Es que entre los miles de ciudadanos chinos residentes en España no hay poetas? Seguro que sí. ¿Les influye lo que viven y leen aquí en su escritura? Seguramente.

Habla Arturo también de la estratificación de estas escrituras “residentes” a la hora de la visibilidad: no es lo mismo ser un poeta británico que ha decidido fijar en España su residencia, que ser un poeta refugiado o inmigrante, claro está.

Una de las cuestiones que se plantea en el texto es cual es la lógica actual de conceptos tan consolidados como “poesía española” (O vasca o catalana, o X), en estos tiempos en que cualquier ciudad es fronteriza. Sabemos que los poetas tienen su rol en la “construcción nacional” y en la consolidación de la identidad imaginada que toda (TODA) nación es. Pasados los tiempos heroicos, es claro que contar con una poesía relativamente respetada por la academia interna y externa añade lustre al imaginario patriótico y por eso se celebra la concesión de un Nóbel de literatura a un connacional casi (solo casi, ojo) como un triunfo de la selección de fútbol: porque ayuda a la construcción del prestigio, esto que ahora llaman con mentalidad de marketing: “la marca”.

Y por debajo vienen y van los invisibles. Pero lo invisible es lo que permite que la vida se desarrolle y crezca, cambie y se adapte: todas esas partículas elementales, esos átomos que nos componen, esas bacterias de nuestros intestinos,  esos ácaros y radicales libres, todo eso que no vemos y, aunque sabemos que están ahí, aún nos cuesta creernoslos. Habrá quien piense que es mejor así, como que no están.

Aleatorio 43: Pound y Feynman hablando de relaciones públicas

Leyendo cosas sobre Richard Feynman, me encontré con esta cita que se puso a hablar sola con esta otra clásica de Ezra Pound. Dice Pound en su “algunas prohibiciones” dedicado a los poetas en aprendizaje (aka. todas y todos):

Piensa más bien en la técnica de los científicos, y no en la del propagandista de una nueva clase de jabón.

Y contesta Feynman en su informe a la Comisión del accidente de la lanzadera espacial Challenger:

Para una tecnología de éxito, la realidad ha de tener prioridad ante las relaciones públicas, porque no se puede engañar a la naturaleza.

Tanto en poesía como en ciencia, no deberías priorizar las relaciones públicas: no se puede engañar a la naturaleza.

45 poemas tontos y 8 latigazos

Aquí está mi introducción a los poemas de este último libro de Eladio Orta, en la colección Xibaba, de  Amargord Ed. Quienes siguen este blog ya saben mi afición por esta voz verdaderamente distinta en la poesía hispana. Así que ha sido un placer y honor encargarme del prólogo. Les animo a que se enfrenten a los poemas que, a modo de muestra, he copipegado aquí, y a que no se pierdan los libros de Eladio/Heladio/Amin.

Se reúnen los Eladios: agárrense los calzones

Creo que estaríamos mayoritariamente de acuerdo en que el sentido del humor no abunda en la poesía española actual. Es curioso que esto sea así dada la tradición tanto en la poesía popular como en la llamada “poesía culta” en castellano del uso de la sátira y la burla ácida como recurso poético desde las cantigas de escarnio o de maldizer, pasando por Quevedo hasta el Alberti de “Yo era un tonto…” Parece que en algún momento los poetas hispanos, dando la espalda al consejo de Mairena, decidieron tomarse un poco demasiado en serio. Cuanto más en serio se han tomado, llenando sus poéticas de discursos huecos o de poses de “mentón sobre puño”, menor la influencia social de la poesía.

Eladio Orta es un poeta periférico, cuando le aplico este adjetivo no me refiero solo a su posición geográfica, ahí en su Isla  Canela, sino especialmente respecto de los discursos y actitudes de las distintas oficialidades poéticas que pelean por los escasos espacios y fondos públicos que se dedican a la poesía. Lleva mucho tiempo haciendo la guerra por su cuenta, y el humor, ácido y afilado, es una de sus armas. Así que resulta difícil que encuentren sus poemas y sus antipoemas en la variedad de antologías que cada tanto se publican.

La periferia, la insularidad, es una posición estupenda para avizorar los discursos que se quieren y declaran mayoritarios y verles la tramoya. Desde la periferia, Eladio y sus avatares-compinches, Heladio Horta y Amín Gaver, llevan años disparando, aparentemente de manera indiscriminada, pero con un criterio difícil de cuestionar. A veces con detonaciones breves, como la que abre, de manera tan brutal como sabia el primer grupo de estos 48 poemas tontos y 8 latigazos, y otras con largos desarrollos donde las metáforas encadenadas iluminan como focos.

Qué iluminan esos focos: nuestras carencias, nuestras complicidades, la neolengua con la que nos acorazamos para justificar lo injustificable y sentirnos en la cúspide la superioridad moral, nuestras tonterías.

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Lo que cuesta un verso

Hacía bastante que no entraba en el veterano y estupendo Cuaderno de Lecturas de Vicente Luis Mora. A veces lo urgente se impone sobre la lectura pausada que suelen requerir las entradas de Vicente Luis, y al final uno se olvida de lo que no hace.  Me he prometido retomar las buenas costumbres.

El otro día una red social me recordó el Cuaderno debido a la difusión de un post: Lo que cuesta un verso, en el que Vicente Luis nos cuenta hacia qué demenciales derroteros nos llevan ciertas formas de entender los derechos de autor, que pueden llegar a volver imposible una tarea tan natural y con tanta tradición como los ensayos de crítica literaria. Nos cuenta:

Hace ya mucho tiempo Steven Shaviro explicó en su blog los problemas que iba a causar la legislación del copyright para la investigación académica en Estados Unidos no publicada en revistas, desde que un cambio en la normativa aplicable considerase queun solo verso –dos en Canadá- es “parte esencial” o significativa de una obra poética, y por lo tanto obligaba a las editoriales a negociar royalties y a pedir permiso para citar cualquier verso de un poeta, aunque se tratase de una obra de investigación. Shaviro apuntaba que esta exclusión del “fair use” al citar versos de poemas o de canciones podría generar el absurdo de un estudio sobre un poeta que no incluya ni una sola línea de su obra, con tal de evitar el fastidio de solicitud de permisos y más que posibles pagos. O llegar al desatino de describir o parafrasear los versos, lo que destruye, evidentemente, el esfuerzo original del poeta estudiado (recordemos que nos referimos a libros que, para más inri, traen a la actualidad, ponderan, estudian y difunden la obra de esos poetas). Esto se agrava en trabajos de espectro más amplio: imaginemos un libro que se proponga realizar un panorama de la poesía estadounidense actual, sin contener un solo verso de ningún autor, o sólo de un par de ellos.

Parece ser que el absurdo descrito en este párrafo se está empezando a dar efectivamente. Les animo a que lean la entrada completa.

Es verdad que la legislación española y europea de derechos de autor es diferente ( por ahora ) a la norteamericana, pero ya carga la cita de sus propias restricciones, considerándola justificada sólo si hay un fin docente o de investigación (art. 32 de la LPI), excluyendo la cita, por tanto, integrada en una obra de creación, por ejemplo. Y que conste que distingo con claridad cita de “apropiación” de un texto ajeno para hacerlo pasar como propio, ojo.

Todo esto me ha llevado a pensar en que alrededor de la gestión de los derechos de un autor es cada vez más frecuente que se genere una especie de zombificación de la persona y su obra una vez muerta, en forma de fundaciones gestionadas por o centradas en la avidez de los herederos. Tengo que decir que hay fundaciones gestoras del patrimonio creativo y la memoria del autor o autora que realizan una gran labor (de un golpe se me vienen a la cabeza la Fundación Zenobia y Juan Ramón, o la José Hierro) pero también son conocidos los casos en que una gestión estrecha de miras de la obra de un escritor o un poeta por parte de sus herederos acaba consiguiendo lo contrario de lo que debería ser su objetivo natural: la difusión y valoración de la obra correspondiente.

Habrá que estar atentos y recordar que siempre existe la alternativa de la devolución al dominio público. La mejor herencia que hay que dejar a los hijos es una buena educación, y de los nietos (piensen que actualmente los derechos de autor se extienden hasta 70 años después de la muerte de quien los generó)… que se encarguen sus señores padres.

Todo tanto

En la estupenda revista Vallejo & Company, que, por cierto, dedica un extenso y rico dossier a la gran Blanca Varela en su noventa aniversario, me encuentro con un puñado de poemas de Todo Tanto, el último libro de Arturo Borra. Este poema, en particular me ha dejado bien atento:

Nadie quería ser portavoz de la desdicha. Hubiera preferido abrazar cosas luminosas, acariciar un jacarandá y dejarme acariciar por sus flores. Yo venía a sentarme sobre la tierra húmeda, mirar el arroyo en deshielo, siguiendo una hoja que se pierde en una pequeña cascada. No quería hablar de vírgenes lujuriosas suicidándose en verano, del hambre de un gorrión revoloteando en busca de un pedacito de pan en alguna mesa exuberante ni de los escombros de la felicidad arrojados desde la ventana o del reloj de plástico que se apagará en unos minutos, dos días después de navidad.

Tampoco hubiera querido hablar del aliento en el cristal de quien mira desde fuera, del gesto desencajado de quien insiste en reparar la distancia, del hombre que diseca mariposas mientras recuerda la belleza del vuelo, de ídolos de escayola ensayando la pantomima del sacrificio, de los doctores ventrílocuos que cierran los ojos a los muertos. Ni de paredes decoloradas ni de la ciénaga del mundo. Nadie quería venir a murmurar palabras llenas de insectos buscando el calor de una lámpara en invierno.

Yo quería hablar de aquella mirada llena de munditos locos en su plenitud de infancia, recorriendo un canal de lluvia; no de los hijos del rencor, de la memoria inagotable del golpe. ¿Y quién hubiera querido recorrer esos océanos donde naufragan los cuerpos, donde se hunde el cielo cada noche?

y con ganas de más.

 

Aleatorio 41: la retención del judoka

Leo a mi amigo Viktor Gómez sobre su aprendizaje juvenil de judo, y se me viene a la cabeza lo siguiente: tal vez del mismo modo que el maestro judoka o de otra arte marcial sabe que  debe usar usar sus habilidades sólo en caso de verdadera necesidad, la poesía debiéramos escribirla de la misma manera: únicamemte  cuando una verdadera necesidad nos impele, no para llenar el silencio, tan escaso,  o para añadir un relativamente musical ruido al ruido.

El futuro aquí

Otra de mis compañías de este verano ha sido este libro del que sólo puedo decir una cosa: descárgenlo,  leanlo, coméntenlo. Se trata de El futuro aquí y ahora, que recoge textos hablando de un futuro que a fin de cuentas es nuestro presente, de Keynes, Marx, Buber, Camus,  Foucault, Zamenhof, Dewey y Dreikurs. Sorprendente e inspirador. Como dice María Rodríguez: “Este librito contiene un pequeño tesoro. Nos propone redescubrir a las grandes figuras que fundamentaron el pensamiento social alternativo desde los retos que imaginaron para las generaciones actuales (…) hablan por su propia voz, con sus propias palabras, para nosotros y sobre nosotros.”